Valiosa crisis de los años

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POR ANA GONZALEZ

La pasión por las letras me lleva a pasear los ojos por un sin fin de libros, artículos y documentos que podrían robarse todas las horas de mis días. Frecuentemente me topo con un tipo de lectura que tiende a enlistar la vida: Diez cosas que deben saber las mujeres de más de cuarenta años; los veinte lugares que debes conocer antes de morir; quince consejos que te llevarán a tener un buen matrimonio; trece cosas que no debes permitirles a tus hijos; treinta estupideces que cometen los adolescentes; cinco alimentos que jamás debes consumir; catorce libros que no puedes dejar de leer; siete personas que cambiarán tu vida; doce cosas que tu mamá detesta de ti; y tantos otros.

Aprovechando las mañanas perezosas que brindan las vacaciones y tratando de distraerme de las mil páginas en las que Ken Follet describe su Umbral de la eternidad, paseaba los ojos por una de las tantas listas que enumeraba las 10 cosas que las aeromozas quisieran decir en voz alta mientras trabajan.

Mi hija mayor se acurrucó a mi lado.
–Ma, de verdad, cuántos años vas a cumplir.
-Cuarenta y tres, bonita; contesté sin quitar la mirada de la pantalla.

Ya mami, no puedes seguir diciendo cuarenta y tres, no es broma Ana María, me dijo con fingida seriedad. La gente me pregunta y yo no sé cuantos años tienes.
Tuve que interrumpir mi absurda lectura.
-Si tu sigues creciendo no puedo mentir pero si las dos nos quedamos como estamos asunto arreglado. ¿Sabes que quisieran decirle las aeromozas a los pasajeros?, la distraje.
Subió los ojos en señal de fastidio y se fue diciendo que no puedo cumplir cuarenta y tres todos los años.

-Cumplo cuarenta y seis, le grité mientras se iba y me quede helada por la confesión en voz alta.

A partir de ese momento me importó un pepino lo que la azafata estaba ansiosa de decirle al pasajero y las ochocientas páginas pendientes de Follet.

No sé si me impactó más el cumplir cuarenta y seis años o el haberlo aceptado en voz alta.

Dos días después festejé con alegría un cumpleaños más, ante la sorpresa de mis amigas que como yo, antes de mi “confesión”, estaban seguras de mis eternos 43.

La edad adulta nos regala la conciencia de la celebración de la vida, esta conciencia me llevó a una reflexión de la denominada “middle age crisis”. Ya acepté mi edad, ahora definitivamente me toca vivir la famosa crisis. Creo oportuno aclarar que “la crisis” no es exclusiva ni característica de esta década cuarentona en la que transcurro, y tampoco podría decir a ciencia cierta que los cuarenta se encuentren a la mitad de la vida. Pero estoy allí y algo debiera estar pasando en mi.

Una frasecita de esas que hacen eco se apareció en mi cabeza: “Los años son como el viento, pasan sin dejar trazo”.

Sentí necesidad de introspección, definitivamente debo de estar madurando, no sólo por la confesión de mi edad a mis hijos (que ahora piensan que exageré) sino porque quise redescubrirme ante mi misma. Confieso que fue un ejercicio emocionante y abrumador, de mi y para mi, que suele ser poco común en mi historia, siempre relacionada con otros.

Pero a mis cuarenta y tantos, con derecho a crisis, me permití el egocentrismo.

Siguiendo esa tendencia, algo absurda pero efectiva, de enlistar, me dí a la difícil tarea. Y enumeré de esta manera algunos momentos que marcaron mis años, con los sutiles trazos que deja el tiempo vivido:

-La reacción ecuánime ante una situación adversa, por la confianza plena de un resultado favorable. Sin necesidad de alivio pues nunca tuve desasosiego.

-El enmudecimiento ante la belleza de un paisaje que roba el aliento. Cuya reproducción queda impresa en los ojos del alma y que me invita a observar con detenimiento a la naturaleza

-El hacerme reír a mi misma, no de mi misma. Ese momento en el que descubrí sin miedo, las delicias de la soledad.

-La claridad de las respuestas inexplicables a preguntas que solían quitarme paz.

-La realización de ser parte de un todo y no un individuo en soledad.

-Sentirme genuinamente orgullosa de mi misma, sin que este sentimiento este relacionado con mis logros ante los ojos de otros, o con cosas materiales que he obtenido.

-Cuando fui coherente conmigo misma.

-El instante de claridad libre de teorías, ciencias y creencias religiosas.

-Cuando la música dejó mis oídos para hacer vibrar mi ser.

-Cuando mi cuerpo adquirió la belleza que mis ojos le otorgaron al mirarlo.

-Cuando le di la espalda al miedo.

-El fluir de mis letras.

Acepto que la madurez me va llevando de a poco a la plenitud. Me gusta esta crisis.