Aqui vamos otra vez: lecciones de momentos simples compartidos con los hijos

motherday

Por Ana González

Más que el Año Nuevo, es el inicio del curso escolar lo que marca un verdadero cambio en mi historia.

Es en estos días de vuelta a la rutina que me doy cuenta del paso del tiempo y me lleno de propósitos: hacer ejercicio, comer y cocinar saludable, ser más paciente, más compasiva y todas esas cosas que por lo general conciernen al mes de enero.

Son días que marcan el claro inicio de un nuevo ciclo, tal vez por los requisitos escolares de formas médicas que me lanzan a la oficina del pediatra para comprobar que mis hijos han crecido en peso y estatura, tal vez por que los uniformes que usaban cómodamente el año anterior ahora parecieran pertenecer a niños más pequeños y es necesario comprar tallas más grandes.

Tal vez por que en las juntas de colegio se habla más de preparación para las universidades y especificaciones de calculadoras y menos de la formas adecuadas de celebrarles los cumpleaños en días escolares.

Durante estos días, mi agenda se llena de fechas importantes, exámenes, tareas, juntas, recitales, competencias, el calendario escolar me obliga a planear las vacaciones y reuniones familiares de acuerdo con las fechas establecidas por el colegio.

El primer día de clases, todo es nuevo y emocionante. Hay una nueva oportunidad para triunfar, nuevos profesores, nuevas materias. Los cuadernos están en blanco, las plumas llenas de tinta y los libros tienen ese olor a nuevo que inspira.

Mis niños van creciendo en inteligencia y estatura, es al mirarlos que comprendo que el tiempo es inexorable.

He escuchado constantemente que la vida se pasa veloz. Seguramente el tiempo vuela porque estoy siempre en la preparación para el futuro. Dejando de vivir el momento preocupada por el mañana.

Estoy empeñada en que los chicos aprendan todo lo que deben saber para que sean exitosos, o por lo menos independientes.

Desde la edad preescolar me preocupé que aprendieran lo necesario para la primaria, de allí para la secundaria, que les dará las bases para la preparatoria que será la llave que les abrirá las puertas de la universidad para que después consigan un buen trabajo. Siempre viendo adelante ,siempre pensando en un futuro incierto. Tratando de controlar la vida creyendo que me responderá de acuerdo a mis planes.

De pronto los niños crecieron, de pronto terminaron el preescolar, la primaria, la secundaria, la preparatoria. Pasan los años de prisa entre actividades, tareas, fiestas, vacaciones e inicios de curso, como en una carrera sin una meta clara.

Me sorprende la velocidad de la vida sobre todo cuando paro y me doy cuenta que se han convertido en adultos.

Entre esos días de rutina y de agendas cumplidas los niños, para quienes el tiempo pasa con una velocidad distinta, van aprendiendo tanto del colegio como de mi ejemplo, desarrollando personalidad y carácter, formándose como seres humanos. Las lecciones de vida no se limitan a la escuela, a las tradiciones que marca el calendario ni a las fechas importantes, los momentos de enseñanza se esconden en la sutileza de los días sin compromisos, en el tiempo libre para observar el mundo que los rodea, en los minutos cada vez más escasos de meditación y soledad.

Cada mañana en casa antes de salir al colegio, cada tarde al regresar a casa, cada fin de semana en familia proporcionan momentos preciosos con mis hijos que forman su futuro tanto o más que lo aprendido en los libros. Son estos momentos a su lado los que me dan la oportunidad de disfrutarlos, de hacerles ver su conexión con el mundo real, el que tienen a su alrededor, lejos de las pantallas.

El mundo actual me presenta con cientos de distracciones que muchas veces me impiden disfrutar las pocas horas que tenemos de convivencia en familia.

Tal vez mi propósito principal este inicio de curso es caminar despacio, fomentar el arte de escuchar y hablar con mis hijos sin prisa dejando a un lado ese afán por cumplir todos aquellos requisitos que la sociedad propone como indispensables para el éxito y concentrarme en el abrazo, en el agradecimiento por los instantes irrepetibles a su lado para vivir la eternidad del momento.

Al final del curso mis hijos tendrán las notas que evaluarán sus resultados celebraré sus logros y lloraré su fracasos. Tendrán el inicio de otro curso para volver a empezar.

A mi nadie me dará una nota para calificar mi desempeño como mamá, tampoco es necesario, el corazón me lo confirmará en esos momentos sutiles en los que toda madre sabe si el deber se ha cumplido.

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