PRIMAVERA

primavera

“Lo mejor y lo más bonito de esta vida no puede verse ni tocarse, debe sentirse con el corazón”
Hellen Keller

Por Ana Gonzalez

Es martes otra vez. He terminado la rutina de las primeras horas, tengo el celular y un café en las manos. En la mente llevo una lista de actividades que debo realizar a lo largo del día, me visualizo sentada en el sofá a las ocho de la noche con los pendientes cumplidos viendo el único programa de televisión que vemos en familia después de la cena. Que absurdo, lo que espero este día para disfrutarlo es que se acabe.

No tengo tiempo que perder, me cercioro de que la casa este impecable, no lo logro, la lista va en aumento. Tengo que añadir los pendientes incumplidos del día anterior.

Doy un sorbo al café y me distraigo con “Instagram y Facebook”. Extraño a mi familia en México. Envidio las vacaciones de otros que se pasean por Australia. Felicito a mi ex compañera de colegio por su cumpleaños. Me distraigo leyendo un artículo absurdo. Me gusta la foto de una montaña. Leo dos correos electrónicos que me obligan a aumentar actividades a mi lista. Trato de borrar doscientos más de anuncios y propaganda.

Son las ocho y cuarto, estoy lista para salir, hago una pequeña oración para que las horas de trabajo fluyan sin contratiempo.

Al abrir la puerta, compruebo casi con horror que en pleno marzo las macetas del pasillo de entrada siguen luciendo flores de Nochebuena.

No me cabe nada más en el día, los maceteros tendrán que esperar. Son las ocho y cuarto, siento que he estado aturdida desde las seis.

Se calla mi cabeza, en un instante nada tiene mas importancia que el momento en el que respiro. Una fuerza como un grito sin voz a acaparado por completo mi atención.

Cierro los ojos y aspiro, el jazmín ha vuelto a florecer. Ese inigualable aroma tiene un efecto indescriptible en mi alma. No me muevo, la dulzura de esa pequeñísima flor ha disipado lo absurdo y me ha transportado al mundo mágico de la vida.

Mis pies se mueven ya sin prisa, sonrío. Soy conciente por primera vez en el día del canto de los pájaros, los escucho aunque no los veo. Subo la mirada para encontrarlos, me topo con el perfecto azul de un cielo salpicado por discretos manchones blancos y me sorprende la brisa que ayuda a transportar el aroma del jazmín.

Faltan pocos dias para el inicio de la primavera. Mi sentidos se distraen, no quiero pensar en las fechas preestablecidas, me incomodan los días de festejos forzados.

Camino alrededor del jardín y compruebo que los cerezos tienen ya algunos frutos.

Descubro entre los arbustos una maraña de palos secos, algún ave construye su nido.

Trabajar con niños en mi propio jardín tiene entre otros el beneficio de observar sin prisa la naturaleza, un privilegio que la mayor parte de mis días pasa desapercibido por las múltiples exigencias de la vida que me empeño en vivir para lograr algo que juro vale la pena pero en estos momentos es irrelevante.

La fuerza de la naturaleza es silenciosa y sutil, será posible que mis interminables pendientes y los aparatos que enajenan me vayan volviendo de a poco indiferente a la grandeza del mundo que regala cielo azul y atardeceres a diario.

Estaré tan distraída con un teléfono que trata de mostrarme las maravillas del mundo en imágenes volátiles.

Me siento en la banca del jardín, observo, respiro, me lleno de armonía. Me pregunto de dónde vendrá ese inesperado sentimiento de paz.

Mi mirada se topa con la diminuta flor de jazmín que muy poco tiene que ver con la grandeza y el poder del aroma que inunda mi breve espacio.

Cierro los ojos, lo confirmo, las cosas mas bellas de la vida no pueden verse o tocarse deben sentirse en el corazón.