Padre Juan Carlos Paguaga: aquel inmigrante sin papeles que llegó escapando de la violencia celebra 20 años como sacerdote, entregado al servicio a la comunidad

Fue un inmigrante que caminó durante un mes por la peligrosa frontera de México y entró a pie a Estados Unidos escapando de la violencia en Centroamérica. Trabajó en la construcción como tantos recién llegados, sin saber nada de inglés. Conoció la noche de Miami. Se mezcló por años con la marginalidad y la pobreza, pero hoy trabaja en una comunidad que en pocos meses ha logrado recaudar más de 15 millones de dólares para una nueva iglesia y centro académico en St. Agnes. En tiempos extraños de encierro y pandemia, el padre Juan Carlos Paguaga cumplió 20 años como sacerdote, y en una entrevista con Islander News nos contó parte de su historia.

-¿Cómo se ha sentido ante este aniversario de 20 años como sacerdote?

Me desperté un día y me di cuenta que pasaron 20 años. Y la sensación que tengo es de paz.  Ha sido una vida de entrega. Y pienso: he podido caminar 20 años sirviendo a Dios. Ha sido una invitación y un privilegio poder ser sacerdote. Poder tener la confianza de la gente cuando viene a la confesión, conocer los dolores más íntimos de las personas en medio de su desesperación y angustia, y que la gente nos confíe el consejo, y la paz que podamos dar. Poder dar consuelo o bautizar en nombre de la iglesia. Dar la comunión y llevar a Cristo. Todo eso es un privilegio muy grande.

-¿Cuáles son los recuerdos que siempre están con usted y lo marcaron en estos 20 años?

Cada vez que llego a una parroquia es un momento fuerte, que me marca. Es un nuevo comienzo, una comunidad que no conoces, poder confiar y ganarte la confianza de la gente. El amor que la gente te da marca fuertemente. Otra cosa que me marcó mucho es el trabajo con los pobres. He trabajado mucho con pobres en la Pequeña Habana. Prostitutas, gente que vivía en carros y no tenía que comer.

– ¿ Cómo se siente en el día a día en Key Biscayne con una realidad tan distinta? Aquí no hay pobreza, ni marginalidad. ¿Cómo ha transitado ese enorme contraste de realidades?

Cuando vine aquí vi que la pobreza no era como en otras partes y el hambre era diferente. Muchas veces veo una pobreza que es diferente, porque cuando lo tenemos todo y no nos hace falta nada materialmente, podemos ser pobres espiritualmente. Aunque no tengas donde dormir y qué comer un día, si hay fe y esperanza se puede vivir con alegría. La base de la santidad, decía Don Bosco, es un corazón contento.

-Mucho antes de ser sacerdote fue un inmigrante sin papeles. ¿Cómo fue esa historia de la llegada a este país?

Yo caminé todo lo que es la frontera por casi un mes, desde México. Pasamos hambre. Caminábamos con un grupo de siete personas, y muchas veces entre personas muertas. Nos dispararon un par de veces. Tenía apenas 20 años y venia escapando de una realidad muy triste. Lo había perdido todo en Nicaragua. A mi padre lo mataron a los 41 años producto de la guerra que se vivía en Nicaragua, luego vino la devaluación del dinero, lo perdimos todo, todo. Y por la situación política tuvimos que irnos a Guatemala con mi madre. Yo venía a Estados Unidos buscando un asilo político. Gracias a Dios pude llegar hasta acá vivo. Esperaba estar siete años, trabajar un poco. Al llegar trabajé en la construcción por bastante tiempo. No sabía nada de inglés.

-Llegó a Estados Unidos y habrá cambiado su perspectiva de las cosas. Un mundo tan distinto, con tantas oportunidades. ¿Cómo se despierta su vocación religiosa?

Fue algo que traía desde niño, una vocación que siempre estuvo. Cuando llegue aquí comenzó la fiesta, las trasnochaderas, hubo varias novias… me gusta mucho bailar. Íbamos a la discoteca Stefano’s, que antes estaba en Miami Beach y en ese entonces no quería nada con la iglesia. Me aleje mucho. Un día sentí que me había alejado tanto, tanto. Y me llamaron para invitarme a un grupo de jóvenes. Empecé a ir, y en un encuentro unos seminaristas hablaban de su vocación y me di cuenta que eso era lo mío, lo que necesitaba. Y me contacte con la Arquidiósesis. Entonces ya los fines de semana no eran de parranda, y todo cambió.

– ¿Cuáles son momentos que disfruta mucho de su vida religiosa?

Disfruto dar la misa, pero el confesar te diría es lo que más disfruto. Porque escuchar gente que viene cargada de dolor y poder ser un medio de sanación es uno de los momentos más bellos que hay.

– ¿Cómo enfrenta los cuestionamientos que existen por la construcción de una nueva iglesia y otras obras en St. Agnes por un costo estimado en 18 millones de dólares?

El plan inicial no era hacer una iglesia un nueva, pero se formaron equipos para estudiar estas obras, se hicieron 3 focus groups con personas de la parroquia y una mayoría recomendaba hacer esto. La iglesia en sí misma no va a costar 18 millones. Habrá un gimnasio que servirá para actos, deportes y eventos de la comunidad. También se hará un ring road, que permita facilitar el trafico que dentro de la academia es bastante complicado. La obra de la iglesia además es complicada porque hay que elevarla a ciertos pies sobre el nivel del mar.    

– ¿Cómo ha llevado estos tiempos de encierro y coronavirus?

No hemos parado de trabajar. Las oficinas nunca cerraron y hemos estado dando atención a todas las personas que han tenido la necesidad. Y la gente no ha parado de llamar y pedir entrevistas. Siempre ha habido algo, no he tomado un día libre.  Algo que me parece muy interesante de St Agnes, es que es una comunidad muy unida, con un amor incondicional, una familia que pocas veces he encontrado. Aquí hemos podido crecer en la evangelización y la catequesis,  y el apoyo de la gente ha sido increíble. No tengo palabras para agradecerle a esta comunidad el cariño, el amor, y el apoyo que me han brindado.

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