De aqui o de alla?

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Por Ana Gonzalez

En los últimos años el mundo y sus habitantes han evolucionado y no es raro ver que personas de distintos países emigren a otros.
Hay miles que huyen contra su voluntad, escapando de situaciones extremas, que emigran por salvar su vida o su integridad. De este tipo de exilios están llenos los noticieros y los diarios. Sin embargo existe un gran número de seres humanos que decide emigrar para conocer nuevas culturas, perseguir sueños o simplemente para buscar aventuras. De estas historias poco se escucha en los medios, donde siempre vende más la tragedia y el drama.
Yo salí de mi querido México, al igual que millones de mexicanos, por propia voluntad, sin la necesidad de hacerlo. Sin renunciar a mi nacionalidad, ni peleada con mi patria. Por lo contrario orgullosa siempre de mis raíces y mi cultura.
Dispuesta también a abrirle el corazón a lo nuevo, a la maravillosa y enriquecedora experiencia de vivir con personas de otras latitudes.
Obviamente he tenido días y semanas en las que extrañe a morir el día a día cerca de los míos y a mi ciudad. Gracias a Dios también tengo la facilidad de ir a visitar en cualquier momento.
Me hice ciudadana americana porque es lo que corresponde cuando uno vive, trabaja y aporta al país que tan generosamente le ha acogido. Pero no puedo dejar de ser mexicana.

En mi casa se habla español, se comen tacos, se reza a la Virgen de Guadalupe, y si no hay chiles no hay nada que comer. No es que me esmere por fomentar una cultura, es que soy como soy, un reflejo de lo que fueron mis padres y mis abuelos. Sin embargo a mis hijos se les da natural hablarse entre ellos en inglés, comer hamburguesas y rezarle a St. Agnes. Son el resultado de una mezcla de culturas.
Una de las cosas que más trabajo me ha costado, sin duda, es su decisión de estudiar la carrera universitaria lejos de casa. Aunque comprendo que es una experiencia maravillosa, a mi se me sigue rompiendo el corazón cada vez que se van. Lo cual no tiene que ver con ser mexicana o de la China sino con el amor de madre.

De este lado del mundo siempre soy Ana la mexicana.Pero en mi país me dicen que estoy super agringada. Vivo aquí, nací allá y no soy ni de aqui ni de allá.
Hablo inglés con marcado acento. Mis hijos se pasan corrigiéndome y aunque he aprendido mucho todavía no puedo entender la diferencia fonética entre Yale y Jail, ni entre sheet y shit, ni he aprendido a pronunciar adecuadamente la palabra schedule.
Y así como me pasa con el idioma hay miles de detalles que me delatan como extranjera aunque legalmente no lo sea.
Hace unos días visitamos la universidad a la que asistirá mi hijo a partir de agosto. Durante la orientación tuvimos la oportunidad de conocer a distintas familias. Una de la primeras preguntas que se hacen en este tipo de eventos es: ¿De dónde son? A la cual siempre tenemos un lapso para contestar, provocando miradas confusas a nuestros interlocutores. No se por qué no hemos hecho un censo familiar para definir lo que vamos a contestar porque yo digo “México”, mi esposo suele responder “Miami” y mis hijos dicen “Key Biscayne”.
Sin embargo, no es solo la pregunta del origen la que me confunde. Hay una que me cuesta aun mas trabajo.Y fue la que siguió: ¿A que te dedicas?
Por años reclamé cada vez que al salir de viaje tenía que llenar la ficha migratoria y en un breve espacio definir mi ocupación.
Decir que era ama de casa, como se suele decir a las mujeres en México que se dedican a la administración de la casa y los hijos, me parecía inadecuado porque también tengo una carrera universitaria, un trabajo que es mas bien un hobby y una pasión que me gustaría fuera mi profesión. Por otro lado soy mas mamá que otra cosa, lo que cualquiera en mi situación definiría como enfermera, chofer, cocinera, sicóloga, ortodoncista, mecánica, mensajera, maestra, albañil, veladora, mesera y la ultima definición que me encantó por su modernidad Couch de Vida.
El caso es que mientras la mujer que tenía enfrente esperaba una respuesta yo estaba haciendo un concienzudo análisis para definir a que me dedico sin mentir, sin exagerar, sin aburrir y sobretodo sin minimizar. Confundida ante mi reacción, la abogada de Boston con la que hablaba cambió el tema para referirse al clima…
No es que me quite el sueño no poder contestar con exactitud de donde soy ni a que me dedico, pero definitivamente tengo que empeñarme en buscar una respuesta concreta.
La orientación resulto ser un torbellino de emociones, no puedo ni quiero pensar que en unas semanas mi niño dejará un vacío en mi hogar para empezar a llenar su propio espacio.
En esta época si que quisiera vivir en México para tener a los hijos en casa hasta que se casen como se usa por allá. Por otro lado el cariño de los profesores y administradores que nos recibieron, las familias que conocimos, las instalaciones y la paz que se respira en Carolina del Norte me aliviaron un tanto mi pena.
Después de un día lleno de actividades, emociones y una cena deliciosa con el director de la universidad volvimos agotados al hotel. Mis dos hijos menores compartían el cuarto contiguo. Los cuatro caímos en los brazos de Morfeo apenas pusimos la cabeza en la almohada.
De pronto en el medio de la noche un ruido alarmante me despertó de sobresalto.
Molesta por el sueño interrumpido, le pregunté a mi esposo que si era la alarma de su teléfono, él lo negó y llamó a la recepción en tono de reclamo.
Colgó el teléfono y me dijo que teníamos que evacuar el hotel. Me levanté de la cama, busque en la maleta algo apropiado para salir, agarre mi bolsa de mano, celular y zapatos.
Mientras mi esposo se cambiaba y llamaba al cuarto de los niños, sonó mi celular: todos nos esperaban ya fuera del hotel.
¿Porque no salen? Me preguntaba incrédulo mi hijo.
Cuando finalmente llegamos al área de evacuación descubrí a todos los huéspedes, entre ellos mis hijos, en pijama, descalzos, y sin ninguna pertenencia en mano. Como debe de ser cuando suena la alarma de incendio, que todos menos mi esposo y yo, reconocieron en el acto.
A pesar de tener casi veinte años viviendo en este país, de haber participado en cientos de simulacros de incendio, inconscientemente si me despiertan en medio de la noche mi primer instinto es reclamar y jamás saldría al lobby de un hotel sin zapatos, sostén y bolsa.
A lo lejos distinguí a la abogada de Boston. En medio de la noche me vino la claridad y quise acercarme para contestarle con certeza: ¡Soy de México y me dedico a imaginar historias!. Mi esposo me detuvo, asegurándome que ya tendría otra ocasión para aclararlo.

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