Cuestión de actitud

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Por Ana González

Estaba plácidamente dormida, volando en mis sueños entre nubes de suave textura cuando la alarma del despertador me regresó a la realidad.

Con los ojos aun cerrados y restos de nubes disipándose saque la mano de mis tibias sábanas para apagar el celular que sustituye el despertador.

Perezosa busque el abrazo de mi esposo para conciliar quince minutos más de preciado descanso, después de todo me había tomado el día para acompañar a mi hija a un evento en su nuevo colegio, pero mi cabeza ya estaba metida en los eventos del día.

La noche anterior me había acostado con el firme propósito de recordar el cumpleaños de mi querido tío. Me escabullí del abrazo, tomé el celular, abrí la aplicación de Facebook, y me dispuse a mandarle un dulce mensaje de cumpleaños a este señor que tanto quiero.

Sucumbí a la tentación de leer los post recientes de algunos amigos. Me llamó la atención un mensaje que leía: La diferencia entre un buen día y un mal día está en la actitud.

Me pareció lógico y fácil. “Hoy voy a tener un buen día” decidí convencida.

Me tope después con un escrito bellísimo del GABO mi escritor favorito desaparecido recientemente:

“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida….Si supiera que hoy fuera la ultima vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y le pediría al Señor para poder ser el guardián de tu alma”

Volví a los brazos de mi esposo que me besó tiernamente y se fue a jugar fútbol, cuando volví a ver el reloj comprobé que no me daría tiempo de ir al gimnasio y que si no me apuraba también llegaríamos tarde al evento. Salí de la cama alterada.

“Actitud, Ana, actitud positiva”. Me recordó mi conciencia. Desperté con besos a mi hijita y me dispuse a hacerle su desayuno favorito.

La escena que me esperaba en la cocina me erizó la piel y aceleró los latidos de mi corazón.

Mi perrito había pasado la noche enfermo, había vómito y otros residuos corporales por todo el piso de la cocina y el ante comedor, consternada abrí la puerta para que saliera al jardín y me quedé pasmada ante mi siguiente labor. Justo cuando iba a cerrar la puerta, vi con horror que una cucaracha tamaño elefante se introducía con velocidad. Grité desaforada pero los hombres de mi casa ya se habían ido a perseguir un balón.

Con los nervios de punta y una revista en la mano perseguí al animal dando gritos y esquivando deshechos caninos.

Nauseabunda, con el estómago revuelto, me di a la muy desagradable labor de limpieza. “…si mañana nunca llega seguramente lamentarás el día que no te tomaste tiempo para una sonrisa….”

No sonreí el mal humor escapaba por mis labios en palabras que jamás escribo. “Actitud, Ana María, todo es actitud”. Tenía ganas de mandar a callar al Gabo, a mi conciencia y prenderle fuego a la cocina.

Una vez todo limpio y en orden me di a la tarea de preparar los panqueques que ansiosa esperaba mi alegre princesa.

Al abrir la puerta de la despensa se me vino encima un paquete de harina que había guardado con descuido el día anterior, el mostrador , el piso, y mi ropa estaban cubiertos por un delicado polvo blanco.

Furiosa terminé el desayuno y limpié a fondo, por segunda vez la cocina.

Tenía los minutos contados para arreglarme y salir corriendo.

Después de hacer su ejercicio y sin percatarse de mi desastrosa mañana mi esposo estaba listo para acompañarnos al evento colegial.

En el camino me atormentó un pensamiento perturbador.

“Flaco, verdad que en el muy poco probable evento de que una mujer felizmente casada haya dejado la plancha de pelo encendida se accionará un dispositivo que la apagará automáticamente dándole muchos años más de feliz matrimonio o ¿crees que exista la posibilidad de que la casa arda en llamas?”

Los esposos, estos seres que parecen no estar en nada, muchas veces nos sorprenden.

“Yo la desconecté Ana María” me contestó en el mismo tono en el que me habla mi conciencia.

Llegamos al evento a tiempo, todo marchaba viento en popa, nos dieron una muy cordial bienvenida, un rico desayuno y nos invitaron a una presentación teatral de las niñas.

En el profundo silencio del publico escuché, al igual que los padres alrededor que recién me habían presentado, las constantes vibraciones de mi celular.

Con disimulo y sin quitar la mirada del escenario trate de apagar el aparato pero lo que hice fue involuntariamente contestar la llamada. De mi bolsa salía la voz de mi socia repitiendo mi nombre y los felices gritos de mis alumnos de dos años jugando.

Con rostro imperturbable sudé frío antes de poder colgar. El teléfono siguió vibrando sin misericordia.

Al terminar el evento solucioné los pendientes laborales ignorando las llamadas de números desconocidos.

Dejé a la pequeña en la casa, al salir comprobé que la llanta de mi coche estaba en el piso. Gracias a Dios mi esposo se había ido del evento escolar con un amigo y su coche estaba disponible.

Tenía el tiempo justo para hacerme el manicure semanal antes de cumplir con mi también semanal misión de rezar por una hora en la capilla de mi parroquia.

Con las uñas casi secas me acerque a la caja para pagar.

“Su tarjeta no pasa señora” Me dijo preocupada, tal vez molesta, la manicurista.

“Imposible! trate otra vez por favor, es la del banco, tengo dinero se lo prometo”

Trató por segunda vez con el mismo resultado.

Llamé al banco alterada, después de muchos minutos y muchas personas al teléfono me explicaron que habían tratado de localizarme para preguntarme acerca de cargos inusuales. Y al no responder el teléfono habían congelado la cuenta.

Mientras yo perseguía cucarachas y limpiaba vómitos alguien en el Home Depot de Wisconsin planeaba remodelar su casa con mi tarjeta clonada. Y mientras trataban de ponerme al tanto yo disfrutaba de una presentación de la vida de Santa Magdalena Sofía.

El banco se haría cargo pero mientras eran peras o manzanas, mi cuenta de banco se había reducido considerablemente poniendo en riego el respaldo de cheques enviados días anteriores.

Mientras trataba de recuperar paz, rezando. Me llegó un mensaje de texto para invitarme a un almuerzo espontáneo en el Club con algunas de las madres de familia del nuevo colegio, era justo a la hora en la que terminaría mi compromiso en la capilla. Sonreí por la cordial invitación y acepté gustosa.

Al llegar la hora del almuerzo comprobé , con cierto pánico, que la persona que debía llegar para que yo pudiera irme no llegaba, poniéndome en la encrucijada de cumplir con la Iglesia o con el nuevo grupo escolar.

Decidí quedarme y esperar. Llegué al Club, el guardia me detuvo en la entrada. Justo entonces recordé que el coche de mi esposo no tiene la estampita que permite a los miembros estacionarse en sus instalaciones.

Al ver mis lagrimas se compadeció dejándome pasar no sin antes darme un severo sermón.

Me senté a comer con mis nuevas amigas tan solo una hora más tarde de lo acordado, cuando casi habían terminado su almuerzo. Espero que la primera impresión no sea la que cuente.

Esa noche me reuniría con mis amigas a cenar mi delicioso mole hecho en casa que requiere de una ardua preparación, la cual había planeado con tiempo. Al llegar a casa saqué las salsa preparada con antelación misma que resbaló de mis manos y fue a dar sin remedio al piso.

“La diferencia entre un mal día y un buen día…” Estúpido Facebook .

Dieciocho comensales esperaban con ansia mi mole, tenía que repetir la receta lo cual me llevó el resto de la tarde y estropeó sin remedio el manicure.

Finalmente me senté con mis amigas, después del primer trago comprobé que la verdadera diferencia entre un mal día y un buen día está en una copa de vino.