Corazones

Nanas

Por Ana Gonzalez

Algunas veces me gusta imaginar que subo al escenario, como actriz decine, para agradecer por u nos segundos a todas las personas que me han ayudado en algún punto de la vida.
No me interesa recibir un premio o reconocimiento. Lo que quiero es
hacer pública mi gratitud.
La adversidad es un buen termómetro para confirmar la bondad del ser humano, especie fascinante y enigmática. Cuando alguien sufre, las personas salen de su rutina y de su zona de confort para hacer algo en beneficio del afectado. Entiendo que hay una fuerza de amor que se manifiesta de diversas maneras con el fin de sostener a quien esta a punto de caer o extender la mano a quien ya se ha caído.
Hace apenas unos días mi esposo fue sometido a una cirugía de emergencia que le salvo la vida. Súbitamente, como suelen presentarse las tragedias y los milagros.
Saber que se ha tenido una segunda oportunidad de vida siempre sacude, da pie a la meditación y al agradecimiento.
No me extraña que mis amigos y mi familia se hayan volcado a ayudarnos. Creo que si hay algo que he hecho bien en la vida es rodearme de personas generosas, compasivas y alegres. No deja de sorprenderme la magnitud de su cariño pues por semanas mi casa, mi trabajo, las actividades de mis hijos, en fin mi vida diaria funcionó sin mi, como si me hubiesen clonado. Tampoco deja de sorprenderme la capacidad que tienen para ayudarme a tomar decisiones importantes o tomarlas por mi cuando me paralizo.
Cómo ansío llegar a ese escenario para nombrarlos uno a uno y agradecerles tanto.
Hay otras personas cuya generosidad me tomó por sorpresa pues no la esperaba, la de los doctores, técnicos, enfermeras, cocineros y farmaceutas que no solo cumplían su trabajo. Estuvieron allí para ayudarnos como si nos conocieran de siempre. Como si supieran que he estado perdidamente enamorada de mi esposo desde que tengo dieciséis años y comprendieran lo imprescindible que era para mi que estuviera cómodo, tranquilo, sin dolor, sano.
En esas larguísimas horas de vida de hospital, especialmente durante la madrugada cuando los pacientes y sus familiares se encuentran en las situaciones mas vulnerables, cuando no hay religión, estrato social, nivel económico, moda, raza o cultura que nos diferencie. En esas noches eternas en que no podemos fingir ni aparentar, florece algo valioso: verdadera compasión, genuino deseo de bienestar y largas pláticas que son todo menos frívolas.
Sentir el abrazo de un extraño, como si fuera amigo de siempre; escuchar palabras de aliento y consejos que distan de una lista estandarizada. Conectarse con personas de quienes no sabemos siquiera el nombre es lo que me confirma que el hombre es un ser de bondad.
En tantas horas de espera, en las que me adentré a un mundo prácticamente desconocido pude darme cuenta de todo la tecnología, la ciencia, el estudio, el esfuerzo de miles que existe detrás de una cirugía a corazón abierto.
Son tantas las personas involucradas, tantos los años de constante estudio, tantos los millones de dólares invertidos y donados por extraños. Tantos esfuerzos sumados para un fin, alargar la vida del ser humano o darle calidad a la que les queda.
Pensar que en tantas otras áreas de la medicina existe la misma pasión, el mismo empeño hace que admire genuinamente a mi especie, el hombre es tan capaz de tanto. Definitivamente al ser humano lo mueve algo mas grande que el dinero.
Y de pronto entre el aburrimiento de las horas alguien prende la televisión y como si hablaran de otra especie totalmente distinta veo como estos mismos seres humanos que han invertido tanto en tiempo, estudio, dinero y esfuerzo por prolongar la vida de mi esposo y millones de personas más, se torturan y se matan, en segundos, entre si.
Inevitable cuestionarme el valor que le damos a las personas, cómo es posible que un equipo compuesto por tantos se vuelque para salvar a uno y como uno solo es capaz de matar a un grupo.
De que estamos hechos, en dónde esta esa diferencia que hace que algunos siendo extraños actúen como hermanos y otros como asesinos.
En que punto se vuelcan los corazones. Observo a mi alrededor cientos de enfermos de familias angustiadas, cansadas y un ejercito vestido con batas blancas dispuestos a ayudarlos, con palabras dulces, con miradas compasivas con medicinas, sueros, respiradores.
Miro la pantalla y aun en esas terribles matanzas, entre tanto abuso y corrupción surge un grupo de personas que protestan, que hablan por los que ya no pueden hacerlo, que intentan recuperar la paz y la
armonía tan ansiada por todos.
Estoy físicamente agotada pero llena de la energía de otros. Miro a mi esposo recuperándose lentamente y lo urjo a levantarse, levantarse para seguir con vida, levantarse para seguir luchando, levantarse para agradecer, levantarse para dar testimonio de esa fuerza de amor que nos sostiene en la adversidad.
Nunca me subiré al glamoroso escenario, pero les agradezco desde aquí, en letras a todos conocidos y extraños por su generosidad y cariño que me impulsa a seguir admirando la bondad humana.