El Jefe

 

Por Jaime Bayly

No es una noche cualquiera. Hay concierto de Calamaro. Vamos, por supuesto.

Llueve. No tenemos paraguas. Corremos. Alguien nos detiene. Pide fotos. Dispara la foto de una vez, joder, que estoy mojándome la coronilla.

Han dejado en la taquilla dos entradas a mi nombre. Se agradece el cariño anónimo.

Segunda fila, dos asientos muy cerca del escenario. No mucha gente en la sala, es temprano todavía.

Treinta dólares por dos latas de cerveza. El negocio es vender cerveza, no libros.

Ocho y cuarto de la noche. Dijeron que el concierto comenzaría a las ocho. Con la lluvia, dudo que comience antes de las nueve y media. Menuda será la espera. No importa, El Jefe la merece.

Me parece un acierto que exhibas tu ombligo, le digo a Silvia. No le digo: Creo que Andrés amaría tu ombligo. No se lo digo, pero lo pienso.

Un hombre joven se acerca y nos cuenta que el concierto de Nueva York fue un éxito y el de esta noche está todo vendido. La gente está por llegar, dice. Es por la lluvia que se ha demorado.

Una señora alta y delgada nos dice que El Jefe quiere vernos, nos pide que la acompañemos.

Dejamos las latas de cerveza escondidas tras las patas de las sillas plegables de la primera fila. ¿Estarán aquí cuando volvamos? Lo dudo. Miradas de sed se ciernen sobre ellas.

Subimos al escenario. Me detengo un segundo, miro la inmensidad del teatro aún desocupado. Debe de ser cojonudo estar allí arriba y sentir que una multitud canta tus canciones. El verdadero poder está en la música. Los grandes poetas de nuestro tiempo son músicos. Los líderes espirituales de nuestro tiempo son músicos. La religión de nuestro tiempo es la música.

Tendrías que aprender a tocar guitarra y a cantar y a tocar el piano, amor. Con los libros, ya sabes, no llegaremos a ninguna parte. Tranquilo, este lunes comienzo clases de guitarra. Fantástico, no he conocido a nadie que sienta la música como tú. ¿A nadie, ni siquiera a Andrés? Bueno, a Andrés lo conozco, lo he entrevistado, le he regalado algún libro, pero no es mi amigo.

Andrés, querido. Jaime, querido. Andrés besa a Silvia, sorprendido. Pensará que es mi hija. Pensará que soy un buen padre (no está al tanto de los chismes de Lima). Pensará que el ombligo de Silvia es territorio invicto. No sabe que ese ombligo es mi almohada, el epicentro de todos los terremotos.

Andrés tiene un pelo espléndido, todo el pelo que se me está cayendo, un pelo negro, amplio, esponjoso, el pelo díscolo de un chiquilín. Combina sabiamente ese pelo afro, que se lo envidio y así mismo se lo digo, con una barba canosa que ha hecho bien en no afeitarse.

Va vestido con un pantalón negro ajustado, zapatos negros de poeta itinerante, camisa blanca, corbata negra muy delgada y saco negro pegado al cuerpo. Ningún gordo podría vestirse así. Yo reventaría esos pantalones, ese saco.

Andrés vigila a Silvia, estudia a Silvia, algo nos cuenta paseando sus ojillos neuróticos por el ombligo de Silvia. Más allá, en la esquina del camerino, una mujer muy guapa, con ropas ajustadas, nos sonríe. Se llama Micaela, o eso dice El Jefe. Desde luego, yo no pregunto quién es Micaela, como Andrés no pregunta quién es Silvia. Yo miro prudentemente a Micaela, mientras El Jefe mira prudentemente a Silvia.

¿Quieren un té?, pregunta Micaela. Tiene que ser una broma. Cómo han cambiado los tiempos, Jefe. ¿Tomaremos té antes del concierto? ¿Té y solo té? Yo paso. Dejamos las cervezas allá abajo. ¿No tienen cerveza? Soy abstemio, dice Andrés, solo tomo para el público. No puedes tomar, no queremos que te bajes los pantalones como en Nueva York, dice Micaela. El Jefe cuenta sonriendo el episodio de Nueva York. Luego llama a Olga y le dice que se descuelgue ya mismo con una botella, ella  sabe cuál.

Olga no demora, es muy lista, por algo está con Andrés. Aparece con una botella de tequila, o eso dice él y yo le creo, él sabe de tequila todo lo que yo ignoro, o sea todo. El Jefe abre la botella. Micaela le pide que no tome, le ruega que no tome. Guardo silencio. No se llega a ser una leyenda del rock siendo abstemio. Tienes que probar lo que te prohíben.

Andrés, no se sabe todavía por qué, coge una cuchara y habla de las cucharas, de su historia con las cucharas. Dice que en los setentas, en el South Bronx, había gente desesperada que pedía un café o una sopa para luego llevarse la cuchara y prenderle fuego por debajo y consumir aquella mezcla de drogas rompedoras. Había gente que pagaba y se llevaba la cuchara antes de tomarse el café o la sopa, cuenta El Jefe, y uno sabe que es verdad. Esas cucharas que la gente compraba con impaciencia o que robaba de los cafés y los bares eran luego tan quemadas que terminaban agujereadas de tanto uso maldito. Esa cuchara que tienes en la mano, Andrés, estará algún día en otras manos y nosotros ya no estaremos: nosotros pasamos, las cucharas quedan (agujereadas, pero quedan).

Andrés acerca la cuchara a la botella de tequila. Micaela se alarma. Una cucharada de tequila es lo que toma El Jefe. Yo paso. Tengo el hígado hecho mierda, le digo. Andrés coge un cooler y dice: Acá tengo el hígado que necesitas. Reímos. Añade, sus ojillos vivarachos: me lo dieron para mí, es tuyo si lo querés. Bendito seas, Andrés. Dame tequila en cucharitas, dame la sagrada comunión. Comulgamos juntos. Menos ella, Micaela, que es un bombón y solo toma té, té verde, será por eso que está así de fuerte.

Cucharadas de tequila van y vienen en medio del camerino que se enciende con la palabra cadenciosa de una leyenda del rock. No nos veremos en cinco o diez años o nunca más, salud por eso, es insólito que después de todo sigamos vivos, Andrés.

Se habla de la televisión, se habla de fútbol, se habla de política, se habla de la tormenta de anoche que casi derribó el avión en el que El Jefe venía de Nueva York, se habla de la entrevista que no pude hacerle porque el vuelo llegó demorado, se habla de todas las dietas que hemos hecho y no han funcionado a pesar de que Andrés es hijo de una nutricionista, y así nos lo hace saber sin soltar la cuchara en una mano y el tequila en la otra, qué manera de servir tequila sin que caiga una gota, maestro.

Olga anuncia que es tiempo de dar el concierto. Nos damos un abrazo. Al salir, Andrés me toma del brazo y dice: Las mejores entrevistas son las que no se hacen, porque esas son las que terminás escribiendo.

Larga vida al Jefe. Silvia y yo le hemos mandado por correo una cuchara que robamos de un restaurante argentino.

 

One thought on “El Jefe

  1. Muy bueno este relato con el chief. Jaime te hace sentir que podrias estar sentado al lado de ellos escuchando la charla. Que grande jaime y el jefe juntos, muy bueno.

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