Relatos

Y, ¿POR QUE NO?

POR ANA GONZALEZ

A casi un año de que mis letras quedaran ahogadas en el profundo dolor que me ha causado la agonía y el fallecimiento de mi querida Almudena, vuelvo y lo intento. Dejando por hoy su historia a un lado.

Los adultos de mi infancia escuchaban la radio a menudo, durante los largos paseos en coche y en las mañanas dominicales sonaban programas que poco llamaban mi atención. Siempre me ha gustado la música, con la llegada de los casetes y los discos compactos, puse fin a las eternas pausas comerciales que inevitablemente había en cualquier estación radial.
Por algún tiempo mi novio de siempre manejaba un auto antiguo que generosamente le prestaba su tío. En él paseábamos los fines de semana por los distintos rincones de la ciudad de México, contaba solamente con un radio de amplitud modulada, descubrimos una estación que transmitía una radionovela que empezamos a escuchar casualmente y terminamos enganchados. Ahi empezó el gusto por escuchar historias.

Al pasar de los años y con menos tiempo transcurrido en el auto, escuchar la radio fue una costumbre que prácticamente despareció en el transcurso de mis días.
Preferí la lectura como medio de información; los iPods y similares para escuchar la música. Y encontré refugio en las letras para expresarme. Dejando atrás las historias narradas.

No fue sino hasta hace un par de años que mi hija mayor, con quien comparto gustos similares en arte y literatura, me introdujo en el desconocido mundo de los podcast.
Ahi en mi mano, en el celular que llevo siempre, estaba esa pequeña aplicación de color morado que al igual que muchas otras mantenía ignorada.
Me sugirió que escuchara el programa de Daniel Alarcón auspiciado por NPR, llamado Radio Ambulante.
Desde el primer episodio quedé enamorada de la voz y fascinada por el contenido, que narra historias de America Latina. El programa, producido por colaboradores desde cualquier país latinoamericano, presenta diversos temas; algunos dramáticos, otros chistosos, todos de gran interés.
Lo que me atrajo desde la primera vez que lo escuché fue el formato en el que se narran las historias, todas son personales, incluyen fragmentos de voz de los personajes en cuestión, música, en fin, es como escuchar un cuento.
A lo largo de muchos años a mi también me ha gustado contar historias de la vida cotidiana, escribirlas o narrarlas a mis queridos sobrinos que cada vez que me ven, me piden que les cuente alguna.

Radio Ambulante me atrapó, me transporta a lugares lejanos y desconocidos que de a poco siento míos, me acerca a personas reales y me hace sentir involucrada en los temas actuales de una forma personal. Un programa que va mas allá de lo informativo, lo frívolo, lo amarillista o el protagonismo. Es un programa que crea un enlace real entre quien lo escucha y quien lo narra.
El gusto por escuchar el programa que se transmite cada martes, aunque puede ser escuchado en cualquier momento, se ha ido extendiendo entre mis familiares y amigos.

Hace unos meses empezaron a promover la presentación de un programa de Radio Ambulante en vivo. Las presentaciones serían en DC y en Nueva York.
Mi hija que sabía que para la presentación en la Gran Manzana, estaría estudiando su maestría en Columbia, universidad donde Daniel Alarcón es profesor, decidió comprar los boletos e invitarme.
Desde la compra de las entradas hasta el día del evento pasaron muchas cosas que nos hicieron salir de la rutina y tener unos meses de incertidumbre. Cambios importantes, eventos inesperados, pero el tiempo no se detuvo y mas pronto de lo que nos lo esperábamos llego la semana del evento, que sería un jueves por la noche.

El plan ideal era volar a Nueva York el jueves y pasar un lindo fin de semana en la inigualable compañía de mi niña a quien extraño tanto.
Desafortunadamente, mi diminuta empresa requería una inspección importante en la que yo debía estar presente, durante dos semanas antes del evento mi hija me llamaba todos los días para saber si la inspectora había llegado. Al no tener noticias de la inspección me vi en la penosa situación de cancelar el viaje de fin de semana.
Algunas veces las puertas se nos cierran cuando no somos capaces de ser creativos y como yo no tengo una mente ejecutiva, me había dado por vencida.

Gracias a Dios vivo con un señor que pasa la mitad de su vida en un avión y me propuso con toda naturalidad: “Y, ¿porqué no vas al show y regresas a trabajar?”
No sé si mi sorpresa fue más por mi poca creatividad o por pensar que, yo que detesto los vuelos, fuera capaz de llevar a cabo dicha hazaña.
Mientras me debatía pensando en el enorme esfuerzo mental, emocional y físico que me costaría el viaje, él ya había comprado el boleto de avión. Con millas, como hacen los que saben. Saldría un par de horas después de terminar mi trabajo y regresaría unos minutos antes de que empezara la labor del día siguiente.
Se me aceleró el corazón. ¡Que falta hacen esos latidos a destiempo para despertar a la vida fuera de la rutina! Llamé a mi hija y le conté el plan.
Al día siguiente iba camino a mi aventura, traté de concentrarme en vivir cada minuto, no pensar en lo que seguía, disfrutarlo todo. No estresarme.
El vuelo de ida transcurrió sin complicaciones, algo poco común en mi experiencia, llegué a Nueva York al mismo tiempo que setenta jefes de Estado que se reunían en una cumbre de la ONU, el transcurso del aeropuerto al nuevo departamento de mi niña me tomó mas o menos lo mismo que el vuelo. Nada importaba, el corazón seguía latiendo alegremente.
Debo decir que estaba orgullosa de mi misma pues este tipo de excentricidades me parecían aceptables solo en otros.
Llegué casi al mismo tiempo que mi hija terminaba su clase. Nos abrazamos muertas de risa como dos bobas que se adoran y corrimos al metro pues estábamos algo retrasadas para nuestra reservación para cenar. El viaje en metro fue deliciosamente largo, lo cual nos dio oportunidad de ponernos al día, resulta fascinante convivir con los hijos cuando son adultos.

Llegamos al sitio que ella había reservado diligentemente junto al lugar donde se presentaría el show. El restaurante era moderno y diferente, al sentarme a la mesa me percaté que no había comido nada durante todo el día. Cenamos apuradas y corrimos al sitio del evento.
Ya no había sillas disponibles cuando llegamos, muchas personas estaban paradas y otras tantas sentadas en el piso, ahí decidimos quedarnos también, en el piso. Empezó el show y de principio a fin disfrutamos y nos reímos, mucho, mucho, con esa risa que hace que te duela la barriga, mirándonos en complicidad, disfrutando genuinamente de cada historia, de cada canción, de cada chiste que nos conectaba nos solo a ella y a mi que tenemos tantos años de diferencia; sino a todos los demás. Escuchamos como sobrevive los partidos de futbol una matrimonio formado por una Chilena y un Uruguayo. Porque se involucró el FBI con un vendedor mexicano de hotdogs. Las exigencias de una familia que por generaciones ha vivido sin probar ajo. Cómo consiguió una bicicleta una joven en Cuba. Cómo logró llegar a la producción de películas un chileno que trabajaba como obrero de construcción. Entre otras entretenidas historias.
En un bar de Brooklyn, como un imán que atrae a seres que sin saberlo tienen tanto en común, esparcidos, y sin conocerse, fuimos atraídos por los Radio Ambulantes.
Fue muy extraño sentirse en casa en una ciudad ajena, en familia, rodeada de gente desconocida.
El show terminó, ambas tuvimos la idea de ir a saludar a aquel narrador de historias preciosas. Curioso pensar que ya se conoce a la persona que se escucha regularmente, sin que esta, tenga la menor idea de quien eres, pero en la magia de las conexiones humanas, deslindadas de fama, fortuna y protagonismo, nos abrazó con cariño.
Nos quedamos en el bar del lugar tomando vino, conversando amenamente con la soltura de la amistad que surge entre dos mujeres adultas que de momento se olvidan de los roles familiares.
Dos jóvenes se acercaron, uno de ellos algo indiscreto nos interrumpió diciendo que nuestra conversación era tan amena que querían formar parte de ella. Fue ahi que se rompió el encanto de las amigas y surgió la hija a la defensa, ¡ella es mi mamá! le indicó como primera frase, los pobres chicos quedaron algo espantados.
Regresamos a su departamento casi de madrugada, tres horas después tendría que tomar el taxi que me llevaría de regreso a mi realidad. Le besé la frente mientras dormía plácida.
Todavía sonríe mi corazón al recordar esas horas maravillosas compartidas.
La vida tiene muchas horas, la mayoría las vivimos sin pensar, muchas otras las contaminamos con tristezas y dolores pasados. Las historias que valen la pena contar son las de aquellas que se viven en total plenitud.
Ahora escucho el radio en casa sin audífonos, para que mi hija menor le encuentre el sabor a las narraciones, a los programas de noticias de otras partes del mundo, a las historias que nos conectan. Volviendo a las costumbres de mis abuelos pero sin las pesadas intervenciones comerciales.

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1 Comment

  1. Malter dice:

    Como siempre una hermosa historia

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