Relatos

Vacaciones inesperadas y la velocidad del tiempo

viajes con sorpesa

Por Ana Gonzalez.

Al día siguiente de que mi hija menor se fue de vacaciones con su abuela a Puerto Vallarta mi esposo tuvo una entusiasta sugerencia que me quitó la paz.
-Te tengo una propuesta. Antes de responder trata de tener la mente abierta (después de esta advertencia me puse de mal humor) Hagamos un viaje en coche.
Mi plan de vacaciones consistía en quedarme en casa, ir a la playa, leer, escribir, ordenar closets y pendientes, pintarme el pelo hacerme manicure y pasar tal vez dos días en las Bahamas con mi esposo, por lo que su sugerencia y sobretodo su entusiasmo me dejaron fría.
Mientras el iba proponiéndome la ruta, yo iba recordando aquellos viajes eternos a Acapulco en los que mis tías trataban de quitarme la nausea poniendo papel periódico entre mi barriga y la blusa.
-Conoceremos ciudades preciosas, continuaba y podemos visitar a los niños, seguía con los ojos llenos de ilusión.
Yo pensaba en las discusiones entre mis padres por la cantidad de veces que su segunda hija requería pararse en el camino para hacer pipi.
Estaba furiosa, el plan me parecía una tortura, pero dije que si. No sé por qué, tal vez porque estaba tan ilusionado, seguramente porque podría ver a mis hijos.
Negociamos que el regreso sería en avión, no quería volver al trabajo más exhausta de lo que ya me sentía.
El primer tramo fue la peor parte, la carretera me parecía aburridísima, y mi actitud no mejoraba a pesar de las constantes complacencias de mi querido compañero de camino.
Nuestra primera parada fue en Orlando. Tengo esta sensación absurda que mientras estoy transportándome de un sitio a otro estoy perdiendo el tiempo. No puedo leer ni un texto en el teléfono mientras el coche esta en movimiento sin que me invada un mareo tortuoso. No se me ocurría ningún tema de tertulia y en las cuatro horas de camino del día anterior ya había escuchado mi repertorio musical. Me angustiaba pasar horas sentada viendo pasar el escenario repetitivo como en caricatura de los ochentas.
Se nos ocurrió entonces escuchar un libro. Era la primera vez que lo hacía, al principio me pareció algo extraño escuchar la historia en vez de leerla, pero la idea fue genial, al poco tiempo me perdí en la Biblia de barro de Julia Navarro y las horas fluyeron como agua.
Paramos en Savannah, Georgia, una ciudad preciosa con casas antiguas, árboles hermosos, deliciosa gastronomía y mucha historia plasmada en sus edificios. Para entonces ya relajada empecé a disfrutar el viaje, a apreciar el valor culturar de una de las ciudades mas antiguas de los Estados Unidos.
Irónicamente tuvimos que viajar al Norte para conocer el verdadero Sur.
La siguiente parada Charleston, Carolina del Sur, donde apreciamos la amabilidad de sus habitantes, la estricta conservación de sus casas y edificios, el amor por la naturaleza y platillos que nos invitaban a quedarnos a vivir ahí.
Conocimos el pasado bélico de una ciudad protagonista de la historia.
Se nos quedaron varios museos en el tintero y muchas ganas de volver. Aprendimos que se le conoce como la ciudad santa por el gran numero de iglesias de diversas denominaciones que alberga, que en alguna época había mas esclavos que “civiles” y que la piña es símbolo de hospitalidad.
Mi enfrascamiento en la novela de la Navarro, no fue motivo para evitar las continuas paradas al baño, el coche tiene ese efecto en mi.
Mi esposo dice que puedo hacer una guía que describa y califique los baños del mundo, lo cierto es que casi nunca les pongo mucha atención, pero en este particular caso tuve que fotografiar uno que me dejó perpleja por su diseño.
Seguimos nuestro recorrido hacia High Point en Carolina del Norte para ver a uno de los habitantes más guapos y que da los mejores abrazos.
Fue interesante sorprenderlo en un día de clases, en su rutina. Pude comprobar que el misterio que desaparece los calcetines en mi casa es un fenómeno que persigue a mi hijo por donde quiera que vaya. Lo descubrí al observar que llevaba el simbolo de nike en un pie y el de addidas en el otro. Entre clases y prácticas hizo tiempo para compartir mesa, muchas risas y comprar calcetines.
Seguimos el camino rumbo a Williamsburg, Virginia, una ciudad preciosa que hace una gran labor en promover la historia del país. Muy loable el esfuerzo de todos los que trabajan en la conservación del lugar, de los que visten trajes antiguos y los que representan las actividades como se realizaban hace más de tres siglos. Me imagino que todos aquellos que vivieron por ahí en los años 1700 estarían perplejos de que en este siglo creamos que así eran sus calles, sus casas y sus jardines. Un poco maquillada la cosa, diría yo.
Nuestro ultimo recorrido en coche nos llevó a Washington D.C. una ciudad majestuosa, limpia, bella. Que además es la nueva casa de mi querida hija mayor.
-Nos hemos pasado años llevando a los niños a conocer distintas ciudades, viajando por diversos países, y ahora son ellos los que nos dirigen hacia lugares que no conocíamos, me comenta mi esposo con nostalgia y alegría.
La visita a nuestra hija nos abrió los ojos a su nuevo mundo, una nueva y fascinante etapa en la que deja de ser estudiante para convertirse en adulto independiente.
Fue nuestra anfitriona y nosotros sus huéspedes. Un cambio interesante.
Verla desarrollarse profesionalmente haciendo una diferencia en la vida de muchas personas llena nuestros corazones de orgullo y plena admiración.
Pudimos ser testigos de su trabajo y su enorme corazón, en un evento que organizó para veteranas. Consistía en un micrófono abierto donde las mujeres que han sido brutalmente afectadas por la guerra expresaban artísticamente sus experiencias en forma de canciones, poesías, testimonios y chistes.
La sobredosis de empatía de la que padezco se me desbordaba en lágrimas. Una mujer del público me preguntó conmovida quien de mi familia había estado en la guerra. Gracias a Dios nadie le contesté. Me sonrió confundida.
Siempre he estado en contra de las guerras, pero esa noche mas que nunca comprobé el absurdo de su existencia. Son tantas las vidas que se lleva, tantas las que se roba incluso de aquellos que la sobreviven. Nunca me imaginé el horror que viven tantos jóvenes veteranos. En su día a día, en sus noches de terrores, en sus cuerpos y corazones mutilados.
Una vacación inesperada, un recorrido curioso que me recordó la velocidad del tiempo en este mundo en el que las cosas duran más que las personas. Y que las cosas, a pesar de su valor histórico y conservación, jamás nos harán sentir la historia como la voz de quienes la viven.

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