Relatos

Un hombre en la Luna

El escritor y periodista peruano Jaime Bayly, residente en Key Biscayne, nos cuenta en este relato como le molesta perder sus cosas, y sus desventuras cuando sale a caminar por la isla en medio de la noche.

recuerdos

Por Jaime Bayly

La otra noche perdí la billetera. Creo que se me cayó en el cine. Me di cuenta al día siguiente. Volvimos al cine, la buscamos, la reclamamos, no había nada. No era la primera vez que se me perdía una billetera. Las pierdo con bastante facilidad. No me las roban, se me caen.

Voy tanto al cine y me abrigo con tantos pliegues de ropa que las cosas se me confunden de un bolsillo a otro y cuando se me caen no me doy cuenta porque estoy medio sordo y abotargado y peso tanto que no siento la ausencia de una billetera.

Me siento tonto cuando pierdo la billetera. Me siento humillado. Siento que soy un imbécil, que se me caen las cosas, que rompo las cosas, que me tropiezo y me caigo todo el tiempo. No sé si son los años o las pastillas, pero todo el tiempo estoy chocando (choques leves, raspones, arañazos, mínimos errores de cálculo que derriban tres conos en la autopista o raspan el carro del vecino o chancan la camioneta contra el árbol al salir de casa) y todo el tiempo se me caen las cosas (sobre todo en la cocina, se me caen los vasos, los platos, las frutas, me traumo cuando se me cae un vaso y se rompe, me trae recuerdos terroríficos, siento que alguien me grita ¡manos de mantequilla!) y todo el tiempo se me pierden y confunden las cosas (hace poco perdí el pasaporte en Nueva York, luego perdí mi anillo de casado en Punta Cana, más recientemente perdí dos pares de anteojos, la otra noche fue de nuevo la billetera).

Lo peor es que la billetera estaba llena de billetes de cien (siempre me ha gustado andar loaded, cargado, nunca sabes cuándo puedes necesitar un fajito que te saque de apuros) y además tenía mi licencia de conducir y las tarjetas del banco y las tarjetas de crédito. Por suerte los malhechores que se quedaron con la billetera (seguramente el personal de limpieza del cine, los tengo estudiados a esos truhanes sobrealimentados, estoy seguro de que son una mafia que se levanta todo simulando que limpian la sala) no pudieron sacar plata ni usar mis tarjetas. Lo intentaron los muy pícaros, pero no dieron con mis claves. Era imposible que dieran con mis claves. Son muy enrevesadas. Son tan enrevesadas y las cambio tan a menudo que yo no sabía cuáles eran cuando llamé a los bancos a reportar la pérdida y advertir que se venía un fraude. Por suerte los bribones trataron y trataron (seguramente pusieron los dígitos que leyeron de mi licencia de conducir: combinaciones con el año de nacimiento, el día, el mes, supongo que trataron esas cosas obvias) pero no atinaron, no pudieron sacar nada de mis cuentas mal habidas. Y las tarjetas tampoco pudieron usarlas porque, paranoico como soy, había contratado un dispositivo especial para evitar fraudes y nadie sino Jaime Baylys puede usar las tarjetas de Jaime Baylys. Y a veces ni siquiera Jaime Baylys puede usar sus propias tarjetas porque, como me pasó la otra tarde de feos picos de estrés en el teléfono y principios del así llamado “mal alemán”, no me acordaba de ninguna clave y todas las que decía eran incorrectas y rebotaban y fue un momento terrible, vergonzoso, sintiéndome un idiota por partida doble, primero por perder la billetera y luego por perder la memoria y no saber las claves de nada.

Ese es el problema de ser tan paranoico y cambiar las claves todo el tiempo y elegir combinaciones improbables y enredadas: que ya no sabes cuál era tu última clave y cuál la penúltima y cuál la anterior. Todo está borroso en mi memoria, todo se ha nublado. Cuando era chico me sabía todo de memoria, todos los equipos de fútbol, todos los presidentes y sus ministros, todas las capitales del mundo, los ríos, los volcanes, era un niño ladilla, insoportable, que se jactaba de su memoria ridícula para almacenar datos mayormente inútiles, por ejemplo los goles de las finales de los mundiales de fútbol, las alineaciones de las seleccionas campeonas, ese tipo de cosas.

Ahora no me acuerdo de nada, me preguntan a quién entrevistaste ayer en el programa y me quedo frío, titubeando, me preguntan qué película viste antes de ayer y me quedo dudando, baboso, me preguntan qué fecha estamos y no tengo una idea fija, nunca sé si estamos jueves, viernes o sábado, todos los días me parecen domingos, todo es un relajo, un hueveo fino, una paja sideral, unas vacaciones que no cesan. Al final, la operadora me creyó que yo era yo porque milagrosamente me acordé de la fecha de nacimiento de mi madre, 9 de abril de 1940, ¡bingo!, siempre mi madre salvándome la vida, siempre sacándome de apuros, y una vez que dije su fecha de nacimiento ya no me pidieron las claves olvidadas y me mandaron todas las tarjetas nuevas que aún no han llegado y cuyas claves he anotado en un papelito que seguramente pasado mañana no voy a ser capaz de encontrar: llámalo vejez, llámalo “el mal alemán”, llámalo chochera, llámalo abuso de sicotrópicos, llámalo como quieras, lo cierto es que la cabeza ya no me funciona bien y los reflejos tampoco porque ahora fuimos al cine y me llevé tres conos de la autopista y terminé perseguido por la policía, y ni siquiera tenía mi licencia de conducir porque la había extraviado en la billetera perdida y, por suerte, el agente era hispano y me reconoció y no me multó y me dejó ir. No tuvo la misma suerte mi amigo Marcos, que venía a la casa a hacer trabajos nobles de carpintería. Le presté el carro, fue a comprar materiales a la ferretería, lo detuvieron, le pidieron documentos, no tenía papeles, estaba como ilegal o indocumentado, había venido de Guatemala cruzando la frontera por México y ahora está preso, detenido, a la espera de que reúnan setenta u ochenta guatemaltecos ilegales más y los suban a un avión, deportados a su país de origen. No me parece. Y después dicen que este es el país de las oportunidades.

No me parece que tengan preso a Marcos solo por venir a trabajarme las maderas de la casa sin hacerle daño a nadie. Hay que ver lo correcto y educado que es Marcos, lo bien que trabaja la madera, la calidad de las puertas que nos ha instalado, el aplomo con el que desempeña su oficio. Nunca falta un policía abusivo con ganas de joderle la vida a un pobre Marcos. Seguro que ese policía es hijo de inmigrantes y alguien en su familia alguna vez fue ilegal. Qué poca humanidad le va quedando a este país. Me irritan los policías que me detienen e interrogan cuando salgo a caminar a las tres de la mañana por las calles apacibles de la isla. Así son las cosas por acá: cualquier peatón es sospechoso de ser un malhechor, tienes que hablar inglés bien bonito y decir tu dirección, y a veces no te creen y te subes al carro del policía y maneja hasta tu casa y abres la puerta y le dices en inglés ¿quiere pasar a tomar un trago? Y cuando aparece Silvia siempre les hago la misma broma: no, no es mi hija, es mi esposa, ¿no soy un tipo con suerte? Y me miran con mala cara, como si fuera un sátiro, un depravado. No lo soy, oficial, no lo soy. Soy un hombre sentimental, un romántico, un chapado a la antigua, un viejito gagá, un letraherido que pierde las cosas y se choca contra todo. Ya no me sé las alineaciones de los equipos argentinos, no sé los nombres de los ministros peruanos, no sé las capitales africanas, ni siquiera recuerdo los títulos de los libros que he escrito. Todo se ha borrado, todo se ha nublado, todo se pierde. Por suerte, Silvia me ha regalado una billetera nueva, preciosa, olorosa, sin plata, sin tarjetas, solo con una foto de ella y nuestra hija Zoe, y a ese tesoro me aferro, ese tesoro no se me puede perder.

(Publicado en Perú21.com y reproducido en Key Biscayne Portal con autorización de Jaime Bayly).
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