Relatos

Un día sin celular

Dulce-Paz---Foto: Gabriela Bonilla.

DULCE PAZ

Por Ana González

Estaba empezando a fallar pero no le hice mucho caso, tengo la feliz fantasía de que las cosas se componen solas. Pero en eso se quedó, en fantasía. A pesar de que lo conecté en diferentes enchufes y le cambié los cables mi celular no prendió más.

Era miércoles, me encontraba dando vueltas por Miami aprovechando la tarde para acabar con todas aquellos pendientes y trámites que por meses había dejado sin hacer. Solo de saberme incomunicada se me aceleró el corazón.

Mis hijos estaban en sus múltiples actividades y si algo pasaba no podrían localizarme, quise llamarlos y me di cuenta que no había por ningún sitio algún teléfono público, pensé en pedirle a un buen samaritano que me permitiera hacer una llamada. La angustia de que me necesitaran me dio valor para acercarme a una mujer de gesto amable, pero me detuve en seco. No recordaba ninguno de sus números, en verdad nunca me los aprendí.

Mi ansiedad crecía. Decidí dejar lo que estaba haciendo y regresar a casa. Siete veces antes de llegar intenté hacer las cuarenta cosas que suelo hacer con el dichoso teléfono, dándome cuenta con cierta frustración de mi absurda dependencia.

Ya en casa confirmé sin sorprenderme que no había hecho ningún respaldo de la información del celular en la computadora por lo que, de no resucitar el aparato, perdería un mundo de datos. No podría llamar a mis hijos, pero me quedaría en casa en caso de que ellos llamaran.

Hice la cita en Apple para un diagnóstico y posible reparación, la cual conseguí sólo para el día siguiente a las ocho de la noche. Oficialmente pasaría un día sin celular.

La angustia evolucionó en mal humor, el mal humor en silencio y el silencio en paz.

Al día siguiente la alarma para despertarme no sonó, pero desperté a tiempo. No recibí notificaciones, emails, fotos, cambios de estatus, ni recordatorios.

Pasó la mañana sin que revisara la hora, el estado del tiempo, o las noticias del día. Me sentía invisible, no hubo llamadas ni mensajes.

Caminé sin prisa, no se presentaron emergencias por solucionar, ni citas a la que fuera urgente llegar, para el mundo deje de existir y el mundo sobrevivió sin mi.

Desconectada y con tiempo entre las manos decidí caminar hasta el parque y me senté. Me senté como no lo hacía hacia tiempo y miré al cielo. Me quedé prendida de las nubes que me transportaron en segundos a las delicias de mi infancia, a los minutos sin tiempo que transcurría viendo aquellos algodones gigantes moviéndose con seguridad hacia algún lugar fantástico.

Despertó la imaginación que descubría entre esa condensación de vapores las figuras de osos, jirafas y perros que con la fuerza del viento se iban desvaneciendo o transformando, dando lugar a historias imposibles que me hacían pasar largos ratos entretenida en un mundo que a pesar de estar a la vista de todos era solo mío.

Esos gigantes blanquísimos que se me antojaban como medio de transporte para recorrer el mundo y se hacían realidad en los sueños de infancia, que aun recuerdo con cariño.

Suaves y coloridas texturas que algunas veces imaginaba con la suavidad de la nieve y otras, con la dulzura del algodón de azúcar.

Como suele pasar en este pedacito del planeta las nubes fueron presentándose en una estructura lisa con diferentes intensidades de gris deshaciéndose en gotas de agua que siguen sorprendiéndome por su calida temperatura, muy distinta a la lluvia helada de la tierra en que nací. Llegue a casa empapada y liviana.

Cuánto tiempo había pasado sin ver las nubes, sin permitir que mi corazón se conectara libremente con el sublime efecto de observar la naturaleza sin prisa, para sentir esa simple paz, que oprimo cumpliendo citas, contestando mensajes, viendo fotos y videos, leyendo correos, llenándome de un absurdo ruido silencioso.

Había vivido un día entero sin celular.

Estuve puntual a la cita con el experto que después de una breve reexaminación declaró:

-Lo siento no hay nada que hacer. Le daremos uno nuevo a cambio.

Venía la pregunta obvia que no quería contestar.

-¿Hizo el respaldo de su información?

Adivinó la respuesta en mi rostro. Entonces me habló de la clave para accesar a una nube donde podía estar guardado todo lo que creía perdido.

Con ojos de ensueño, sonrisa de niña y recordando la banca del parque le respondí con seguridad, sin quitar la vista del aparato.

-Si, esa ya la encontré.

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