Life & Arts

Un Día al Año

Por Ana González

En diciembre me acerco al otro lado de la ciudad, por los campos donde se recogen las frutas y verduras. Llevo mi camioneta llena de regalos, ropa, utensilios de cocina, comida y juguetes. A pesar de tener un aparato que me indica que camino tomar inevitablemente me pierdo.
Estoy nerviosa porque la temporada navideña me pone así, tengo tanto que hacer en tan poco tiempo que quisiera que los días tuvieran más horas o las semanas más días. Mientras manejo pienso en todo lo que me falta hacer antes de la cena de Nochebuena y me sudan las manos al darme cuenta lo retrasada que estoy con los preparativos.
Respiro hondo. Me he propuesto disfrutar el momento, sin agobiarme por lo que sigue.

Hace unos días recibí los nombres de las personas que integran las familias que mis amigas y yo ayudaríamos este fin de año. Todas estaban integradas por madres solteras y sus hijos.
Nos comunicamos con estas valientes mujeres y a regañadientes logramos que nos dijeran qué les hacía falta en la casa.
Recorrimos con prisa las tiendas para comprar lo que nos pidieron. Entre todos sumaban once niños y tres mamás.
-¿Compramos todo verdad? pregunto nerviosa.
-Todo lo que estaba en la lista. Me responde confiada mi adorada amiga.
La camioneta va repleta de paquetes envueltos en relucientes papeles navideños y apenas hay espacio para que se sienten nuestros pequeños, que nos acompañan.
Llegamos a destino y la vemos sonriente. Candelaria nos espera con sus tres chiquitos que se adhieren a su falda como un torbellino, y nos explica que ya no vive allí. Hace una semana se mudó a otra casa. Apenada nos dice que dejemos las cosas y que ella se encarga de llevarlas después.
No tiene auto y el único vecino que se ofrece a llevarla está a punto de sentarse a cenar con su familia después de una larga jornada en el campo. Asumimos la tarea. No logra darnos la dirección de su nuevo hogar aunque sabe como llegar. Pienso en María que nos espera con sus cinco chicos también para recibir sus cosas, pero los hago subir en el coche. Vamos apretujados y con niños sobre las piernas. Los hijos de Candelaria viajan sorprendidos por la tele, los botones, las puertas automáticas, el GPS, y los cientos de regalos que hay en la camioneta. En el camino de a poco nos vamos enterando de su historia.

No tienen casa. Candelaria arrendaba ilegalmente un cuarto dónde la recogimos. Alguien la denunció y la echaron con sus tres hijitos a la calle. Consiguió otra casa donde le rentan un cuarto. Los cuatro duermen en la misma cama. Comparten baño y cocina con otra familia.
Su esposo se fue a México hace más de un año porque su madre estaba grave, después de enterrarla intentó regresar, pero lo agarraron en Texas y pasó preso ocho meses. Hace tres meses que no saben nada de él. Pero lo esperan.

Candelaria trabaja de sol a sol recogiendo tomates y frijoles, los vecinos cuidan de sus hijos hasta que ella regresa.
-Mira las luces de navidad mamá, yo quiero unas, observa Dani, que en dos días cumplirá tres años.
-Eso es carísimo y se rompe, contesta Candelaria entre risas.

No les compré adornos navideños y se me revuelve el estómago al recordar los cientos de luces sin estrenar que esperan en un closet de mi casa. Pensar en todas las cosas que pude haberles traído, en la ironía que el costo de lo que llevo puesto solucionaría por meses las necesidades de una familia y en mis promesas incumplidas, me llena de desasosiego.

Llegamos y Marlon, con sus cinco años solo desea presionar el botón que hace que la puerta de la camioneta se abra y se cierre automáticamente. Pero esta ansioso de enseñarnos su casa.

El lugar esta sucio, las cucarachas asustadas corren ante nuestros pasos. No hay comida, ni utensilios en la vieja cocina por donde se pasean las hormigas amontonándose en un viejo vasito de yogurt. Huele mal. Una mesa y una silla de plástico visten la oscura sala. En esa área no hay luz.
Mientras descargamos los regalos, me asomo a la habitación donde vive Candelaria con sus tres hijos y pienso si habrá espacio suficiente para colocar la cama individual que nos pidió.
Estoy enojada y no se con quién.
Los niñitos abren emocionados sus regalos y corren espontáneamente a mis brazos. Me llenan de besos y soy incapaz de soltarlos. Nos regalan palabras de agradecimiento y nos desean que Dios nos duplique lo que tenemos…

Un día al año visito a familias como la de Candelaria y juro que voy a regresar. Fallo. Esta vez regresamos esa misma noche, con un árbol de Navidad lleno de luces de colores y una lámpara para alumbrar las penumbras de la casa.
Candelaria abre la puerta, su rostro no puede ocultar el agotamiento, los niños están tan emocionados con las cosas que han tirado todo por todos lados, no hay señales de que hubo cena. Sólo los envases vacíos de los juguitos que llevamos. No se han aseado. Trato de poner orden mientras mi amiga arma el árbol y la lámpara porque Candelaria no da más.
Los tres pequeños se sientan asombrados ante el baile de colores de su árbol. Me pierdo en sus miradas y olvido mis absurdos pendientes.

Pienso en todas las familias que hemos visitado, todas las veces que he prometido volver y me dan ganas de llorar. Respiro hondo y recuerdo mi propósito de disfrutar el momento. Siento la Navidad.

No son las cosas, ni el dinero, o las carencias sino el genuino amor que nace entre los desconocidos lo que nos une un día al año, alrededor de la Navidad.

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