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Todos somos venezolanos

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Al igual que Ana Gonzalez, residente de Key Biscayne y oriunda de México, un buen número de latinoamericanos de Miami comparten estos días la sensación de impotencia, incertidumbre y dolor que viven muchos venezolanos lejos de su patria.

Por Ana González

No soy venezolana. Aunque todos lo somos estos días, expuestos a noticias, mensajes, fotos y videos que informan de la situación en este país.

Algunos datos son fidedignos, otros probablemente no lo sean.

Las fotos y los videos no mienten. Las dantescas imágenes de adultos golpeando y matando a niños y jóvenes son las que más me impactan.

Ver los rostros de estos adultos uniformados que atacan a su propia gente me llena de incertidumbre. Cómo es posible que hombres de familia, de la misma nación, con tanto en común estén dispuestos a matarse entre sí.

La violencia siempre me ha parecido el peor recurso de la humanidad para solucionar las diferencias y los problemas. No pretendo ahondar en temas de política y las formas de gobierno, pero el sentido común me dicta que una persona, sin importar cuales sean sus ideales, no debiera estar en peligro de muerte al expresarlos.

No soy venezolana. Pero soy madre de jóvenes estudiantes y aunque admiro y apoyo el movimiento que hizo despertar a un pueblo sometido, me angustiaría terriblemente que mis hijos salieran a la calle exponiendo su vida o su integridad, por eso sufro con todas aquellas madres que ven a los suyos partir en esta situación.

Nunca he pisado tierra venezolana, pero tengo amigos, familia escogida, que con su alegría, su calidez y su gran corazón me han enseñado a querer a Venezuela.

Se lo que es vivir lejos de la propia patria, sé lo que es temer por el bienestar de la familia que está lejos, conozco también la frustración que causa la impotencia.

No soy venezolana. Pero siento profundo dolor cuando la vida de otros iguales a mí es prescindible. Cuando adultos maltratan y abusan de la juventud que debieran proteger.

Millares de personas manifiestan sus sentimientos y pensamientos en las redes sociales. Nunca antes había sido testigo tan cercano de una situación semejante.

Mi página de Facebook está llena de enlaces, mensajes y comentarios relacionados con la situación que se vive en Venezuela. Mensajes que no tienen la volatilidad de otros tantos. No son sólo un tweet un instagram o un snapchat son mensajes que perturban y permanecen. Historias que nos conectan como seres humanos.

Estas líneas son sólo una humilde expresión de mi solidaridad con el sufrimiento de otros como yo. De cualquier nacionalidad.

Mis sinceras oraciones acompañan a mis queridos amigos venezolanos y a sus familias y también son elevadas por miles de personas que no conozco y que tal vez nunca conoceré.

Rezo por su paz interior. Pues creo fielmente que cuando se lucha por la justicia es indispensable conservar paz en el corazón, si ésta se pierde se perderá también el triunfo, aunque se gane la guerra.

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