Life & Arts

Todos atrapados en las redes de las contraseñas

No había terminado de articular el saludo al contestar el teléfono cuando escuché su voz agitada “¿Estas bien?” pude sentir su angustia a distancia.
“Si, todo bien ¿qué te pasa?” pregunté contagiada por su urgencia.
Me explicó que había recibido un mensaje comunicándole que me encontraba en problemas, que necesitaba dinero y que había mandado a Juan, su querido chofer, al banco para depositar dinero en la cuenta que indicaba el mensaje.
“Llama a Juan ahora y dile que no lo haga”. Colgamos sin despedirnos.

Toda esa tarde y por dos días seguí recibiendo preguntas respecto a mi supuesta emergencia. Mis amigos y mis familiares más ingenuos estaban realmente consternados, mientras el resto de mis conocidos ignoraba el mensaje que en otras ocasiones habían recibido refiriéndose a supuestas emergencias de otras personas.

No es novedad que personas con conocimientos cibernéticos y mala fe se dediquen a hackear las direcciones de correo electrónico para conseguir dinero fácil. Parece increíble pero el negocio pueda ser rentable, especialmente cuando logran atraer la atención de personas inocentes que no están muy enteradas de estos fraudes, como en el caso de mi querida tía.

La tecnología y yo tenemos una relación enfermiza en la que ella me mira poderosa y burlona desde su inmensidad, mientras yo sumisa trato de entenderla. No nos llevamos bien.

“Lo único que tienes que hacer es cambiar tu contraseña”, me indicó una de mis amigas que está a la altura de los avances tecnológicos. Me llevó prácticamente de la mano y con mucha paciencia para lograr mi objetivo.

En efecto mi contraseña no solo era muy simple sino que era también la misma para todos mis cuentas; de correo electrónico, Facebook, la tienda de zapatos, la de ropa, la de productos mexicanos y hasta de la línea aérea.

La cantidad de lecciones y miradas de desapruebo que recibí después de esta experiencia, me hicieron pensar que tenía más culpa que el propio hacker.

A partir de entonces me vi forzada a cambiar mi estrategia e implementar contraseñas más complicadas que ponían a prueba mi frágil memoria.

Al no ser la única victima de este mal, las páginas de Internet han ideado nuevos sistemas para recordarnos las contraseñas, haciendo preguntas de seguridad cuyas respuestas son tan personales que no cualquiera las puede responder.

Hace un par de años tuve la muy desagradable experiencia de perder la información de un año entero guardada en mi computadora. “Algo hiciste seguro, eso no pasa” me decía mi esposo; “¿No tenías un back up de la información?” “¿No se te ocurrió copiar los archivos en un discos?” Nada se me ocurrió, nunca me había pasado y estuve varias semanas deprimida pensando en el trabajo literario que había logrado durante tantos meses; ni hablar de las fotos y las cartas que suelo atesorar.

En fin una de mis amargas experiencias con la imponente tecnología.

Mi teléfono celular empezó también a fallar porque, como claramente me recalcó mi esposo, “No puedes tener dos mil fotos guardadas allí, tienes que sincronizarlo con la computadora”. Lo cierto era que ya no confiaba mucho y prefería tenerlo todo en la mano.

A poco estuve de volver al papel, la pluma y a las cámaras de film para no tener que soportar más la condescendencia virtual.

El proceso de sincronización me tomó cuatro veces más tiempo que lo que le toma a cualquier mortal, pero lo logre solita.

Orgullosa estaba de mi hazaña hasta que apareció un mensaje que me indicaba que debía introducir la contraseña de mi correo electrónico para reactivarlo.

Como era de esperarse fui incapaz de recordarla, así que hice clic en la casilla que indicaba “olvidé la contraseña”. De inmediato apareció la pantalla que mostraba las famosas preguntas de seguridad. Por lo menos dos de ellas:

1. ¿Quién es su autor favorito? Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. 2. ¿Cuál es el nombre de su mejor amiga? Me quedé mirando a la pantalla como si estuviera jugándome una mala broma.

Mi autor favorito de cuándo, de qué estilo, de qué país, en qué idioma. No podrían darme más datos.

Traté de recordar el mes en el que cambié la contraseña. Los libros que estaba leyendo entonces, pero me convencí que tendría que haber respondido con uno de mis clásicos favoritos. Gabriel García Márquez. Tendría que ser él, pensé, mi novela favorita es El amor en el los tiempos de cólera. Pero tal vez fue Isabel Allende de ella he leído todos sus libros. Ken Follet es un muy buen candidato. Me decidí por el primero.

Pasé a la segunda pregunta que era aun más complicada. Tengo veinticinco mejores amigas.

Las dos tenían que estar correctas, aterrada de pedir ayuda demostrando una vez mas mi estupidez me dediqué a hacer decenas de combinaciones. Hasta que apareció un mensaje que decía que por mi seguridad mi cuenta había sido bloqueada por 24 horas.

Me sentí regañada y castigada sin ir a la fiesta.

Pasadas las veinticuatro horas continué con la misión de encontrar las respuestas correctas.

¿Habría puesto Gabriel G. Márquez? Tal vez solo García Márquez; habría utilizado acentos y mayúsculas. Las combinaciones se hacían infinitas. Mi paciencia decaía pero mi perseverancia se mantenía fuerte como roca.

Otra vez al rincón, castigada veinticuatro horas más sin correo electrónico.

Intenté llamar a la compañía, las probabilidades de que me contestara un ser humano que pudiera ayudarme eran tan remotas como aquellas de que encontrara la combinación que me devolvería el acceso a mi cuenta de correo.

Pasé semanas sin poder ver mis correos, pegada a la pantalla como adolescente precoz. Intentando recordar la contraseña, intentando recordar las respuestas, intentando hablar con alguien y lo peor de todo frustrada.

Decidí que no valía la pena seguir tratando y me resigné a crear una nueva dirección de correo electrónico, no era el fin del mundo. Lo logré sin ningún problema. Sentía un poco de nostalgia al despedirme del nombre virtual que me había distinguido por más de quince años pero sentí un gran alivio al saber que no tendría que lidiar más con mi empeño de recordar.

¡Como me hubiera gustado haber conocido personalmente al hacker para que me ayudara a descubrir mi contraseña!

Un mañana saliendo del gimnasio, con la música a tope en los audífonos consulté mecánicamente mi celular que me mostraba la famosa pantalla pidiéndome la contraseña. Con las palabras de la canción bailando en mi cabeza, mis manos introdujeron sin mi consentimiento las letras y los números que componían mi olvidada contraseña, en seguida aparecieron cuatrocientos cincuenta y nueve correos sin leer. De pronto recordé que mi autor favorito soy yo misma y mi mejor amiga también.

Ana González

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