Relatos

Sopitas, la historia de un niño en la búsqueda

sopita

Por Ana Gonzalez

Al principio de la década de los noventa, recién graduada de la universidad trabajaba como maestra voluntaria del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, INEA. El programa que más me gustaba era el que se implementaba a los niños entre los diez y catorce años que no habían asistido a la escuela. Consistía en ponerlos académicamente al día para que pudieran integrarse al sistema escolar.
Fui asignada para trabajar en el albergue de San Juan Bosco, en Copilco al sur de la Ciudad de México.
El albergue fue establecido por La Tía, una mujer chilena regordeta, amorosa y estricta que se dedicó a recoger niños de la calle y a darles un hogar.
Se les proveía alimento, cama, educación, cariño y una disciplina casi militar, pues el mundo que conocían estos pobres abandonados de la sociedad no conocía límites.
La casa hogar de san Juan Bosco se mantenía gracias a los donativos de instituciones internacionales y al apoyo del gobierno estatal que daba a la Tía todo el poder legal sobre estos pequeños hijos de nadie. Recibían asistencia médica, psicológica, y educativa.
El programa los invitaba a que se quedaran en la casa por propia voluntad siguiendo las reglas, pero el que las rompiera tenía que volver a la amarga vida de la calle, pues había cientos de niños deseosos de tener la oportunidad de vivir ahí, gracias a los donativos y al trabajo de voluntarios la casa se mantenía en condiciones óptimas.
Durante los años que trabajé en el albergue conocí personas maravillosas e historias impactantes. Una de ellas se quedó por siempre en mi corazón, cambió mi vida.
Sopitas era un niño alegre, locuaz y flacucho que aprendía rápido. Me hacía reír constantemente con sus ocurrencias. Pero en sus ojos estaba plasmada la tristeza y en sus abrazos había urgencia de cariño.
Desde muy pequeñito Sopitas se quedaba a la salida del metro Chapultepec, sentado en una esquina pidiendo limosna, mientras su madre desaparecía por horas; luego buscaban refugio en cualquier sitio para pasar la noche y al día siguiente repetían la triste rutina.
Por ese tiempo, un grupo de alemanes preocupado por los derechos humanos de los niños de la calle, recogía a los pequeños infelices llevándolos a casas donde se les servía alimento y se les proporcionaba un lugar seguro para asearse y pasar la noche.
Una tarde la madre vio de reojo que alguien se llevaba a su hijo. Esperanzada de que fuera alguien de la brigada alemana, lo siguió para darse cuenta con alivio que en efecto el niño era transportado a un albergue cercano, donde comía y lo vestían con ropa limpia.
Una luz se abrió en el corazón de aquella mujer, pero cuando regresó a la salida del metro se encontró nuevamente con el pequeño esperándola para dormir con ella.
Durante algunas semanas el niño repitió la misma rutina: su madre lo dejaba en las mañanas a la salida del metro, él se desaparecía por el día y volvía por la tarde a su reencuentro.
Aunque trataban de convencerlo de que se quedara a vivir en el albergue el niño regresaba todas las tardes para reencontrarse con su madre y mal dormir en cualquier sitio con ella.
Cuando la infeliz mujer se dio cuenta de que alguien más veía por su hijo decidió abandonarlo para siempre. Lo dejó como todas las mañanas a la salida del metro, se despidió y se fue. Esa tarde al volver del albergue el niño se quedó esperándola.
A la mañana siguiente cuando el voluntario fue a recogerlo para llevarlo al albergue se dio cuenta de que la mujer no había vuelto por él y que el pequeño se resistía a moverse del sitio donde su mamá lo encontraría.
A pesar de que las reglas del programa lo prohibían, fue necesario llevarle al niño el alimento y la cobija a la entrada del metro pues fue imposible convencerlo de que regresara al albergue.
Él sabía que su madre volvería y se angustiaba hasta el desmayo de pensar que ella regresara y no lo encontrase en su lugar de siempre.
Pasaron varios días; en una medida cruel pero efectiva, se le dejó de proveer alimento para convencerlo de ir al albergue.
Al tercer día de abandono, la criatura, que no había cumplido los seis años, cedió al abrazo de su único amigo y se dejó llevar en brazos hasta el albergue donde viviría hasta cumplir los dieciocho años.
Después de un baño y un largo descanso, el pequeño se sentó a la mesa a comer, se devoró el plato de sopa, y tímidamente pidió otra sopita más y otra más y otra más; comió tanto y con tanto gusto que los demás niños del albergue lo apodaron El Sopitas.
Desde ese día, Sopitas encontró una nueva familia, nuevos hermanos, con historias tan tristes como la propia y otros con historias aún mas dolorosas: niños abusados, quemados, enfermos o con deformidades.
Encontró el amor de una Tía, una mujer chilena que jamás tuvo hijos pero que se convirtió en la figura materna de quince niños de la calle que buscaban un hogar.
Sopitas aprovechaba cualquier oportunidad para pasearse por la salida del metro donde solía encontrarse con su madre; tenía la esperanza de volverla a ver, volver a rozar su rostro, volver a sentir su aroma. Pasaba horas parado viendo pasar miles y miles de mujeres, pendiente siempre de regresar a tiempo a casa de la Tía pues tampoco quería perder a la familia que lo había acogido.
Un verano, cinco años después de la llegada de Sopitas al albergue cuando yo trabajaba como voluntaria, un grupo de la Universidad Nacional quiso realizar un reportaje acerca de los niños de la calle y decidieron entrevistar a los niños del Hogar Don Bosco, pues casualmente uno de los estudiantes había trabajado ahí como voluntario.
El programa sería transmitido por televisión nacional. Solo algunos niños del albergue serían entrevistados aunque todos serían filmados durante las actividades diarias.
Sopitas puso todo su empeño por salir en la tele; estaba más ilusionado que nadie y cumplió al pie de la letra todas sus obligaciones para ganarse el derecho de ser entrevistado.
Nadie parecía mostrar el entusiasmo de Sopitas. Los demás niños querían ser entrevistados solo por el hecho de verse en la pantalla, como si fuera un juego, pero Sopitas tenía la certeza de que su mamá lo vería por televisión y sabría cómo y dónde encontrarlo. Se sentía culpable por haber aceptado vivir cómodamente en el albergue mientras su corazón le recordaba a diario que su mamá lo seguiría buscando.
Verlo por la televisión con los ojos llenos de esperanza, sonriente; me llenó el corazón de tristeza, de compromiso, de perseverancia, algo se me instaló dentro que cambió mi vida.
Hace unos dias me encontré en una tienda de Key Biscayne a una querida amiga a quien no había visto en mucho tiempo. Nos conocimos en un retiro de Emaus organizado por la parroquia de Saint Agnes, donde compartimos distintos testimonios. Platicando me dijo algo que me llevo a las lágrimas y me impulsó a escribir estas líneas. Pues entendí que Sopitas no solo había cambiado mi vida, también había tocado la de muchos otros que nunca lo conocieron. “Son los pequeños detalles Ana, los que se quedaron grabados en mi corazón. Recuerdo con frecuencia la historia de Sopitas. Jamás se me olvidará”.

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