Relatos

SIESTA. Los sueños son mejores que las novelas.

cielo-y-mar-azul
POR ANA GONZALEZ

Sentía la dulce embriaguez de las palabras. La historia de aquella novela la tenía absorta; a ratos confundía el azul del cielo desde su ventana con aquel fantástico de un Caribe remoto.
… Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía porque nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su trenza…
Desvió la mirada del libro dirigiéndola hacia la nada, imaginando la belleza de aquella Dulcinea; podía verla moverse en cámara lenta entre el colorido mercado; imaginó sin dificultad los olores de las flores y las frutas de los puestos por donde se paseaba y quiso ser como ella.
Se preguntó, cómo se sentiría ser amada así, con la entrega, la pasión y la intensidad con la que era amada Fermina Daza. Sin haber hecho ningún esfuerzo por agradar, o complacer. Su sola existencia había dado pie a un amor incondicional que duraría toda la vida y que resistiría todas las tormentas.
Son solo novelas, -pensaba aún perdida en la nada-, historias que se cuentan en cientos de páginas, que se leen en unos pocos días, y que encierran la síntesis de una vida. El resto del tiempo que vivieron los personajes no está documentado. La imaginación toma vuelo para recrear aquello que el autor omite, paseándose por distintos escenarios seguramente inciertos e irreales.
Se preguntó cómo resumiría García Márquez la historia de su propia vida.
Dejó que sus pensamientos se divirtieran creando las escenas en las que Florentino Ariza desfallecía por el amor no correspondido alimentando la intensidad de sus sentimientos; dejó que su espíritu invadiera el cuerpo de Fermina y que fuera su voluntad la que hiciera mover los tacones que sonaban como castañuelas.
El libro cayó suavemente de sus manos para encontrar refugio en su regazo, echada como estaba en el sofá, con los ojos cerrados; su rostro relajado dibujaba placidez en la sonrisa. Rozándole la cintura y las piernas, tenia una manta azul marino de suave textura que mantenía la temperatura ideal para reposar.
La música había dejado de sonar por algún motivo que no la inquietó. Si había alguien en casa no lo notaba. El silencio se volvió cómplice de sus sueños, la respiración tomó el ritmo imperturbable del descanso, no supo si sus pensamientos eran voluntarios o había caído irremediablemente en el dominio de la inconsciencia. Nada importaba; el cuerpo relajado dejaba que la mente escogiera los escenarios en los que recobraría movimiento un cuerpo falso, capaz de hacer las cosas que despierto no lograría.
Fue en ese mundo irreal, en el que se pasan largas horas de vida, que tomó el lugar de Fermina Daza. Solo que a diferencia de la novela de García Márquez ella escogió un escenario que correspondía mejor con el de su propia vida. Había calles pavimentadas, limpias, casas en perfecto estado y los aromas de un pueblo suizo en primavera. No había autos, motos, carretas o caballos, solo gente andando, pues en su sueño, las distancias se recorrían con la sola voluntad: llegar a un sitio lejano requería solo del deseo.
Se paseaba feliz por las calles hasta que encontró el mercado, impecable, luciendo los brillantes colores de sus puestos y de los productos que en ellos se exhibían: habían frutas de todos tipos, flores increíbles y animales fantásticos; había gente feliz por doquier y todos parecían estar esperándola. Querían hablarle, escucharla, estrechar su mano, abrazarla. Sintió por primera vez en sueños o en la realidad, la satisfacción, felicidad, de saberse admirada, deseada, querida. No sabía quiénes eran las personas que en su sueño alimentaban ese sentimiento; intentó distinguir algún rostro para ponerle nombre, pero no lo logro; entonces, decidió vivir la delicia del sentimiento que la inundaba y caminó haciendo sonar sus tacones en los adoquines de la calle que llevaban ritmo de alegres castañuelas. Se sabía observada en secreto por el hombre que la había amado siempre. La sensación de saberse admirada era embriagadora, excitante y plácida a la vez.
Escogió un par de mangos y tres duraznos, un poco de queso fresco y medio kilo de chocolate; pasó los dedos por las sedas que al contacto con los dedos hacían volar mariposas que antes estaban impresas y al contacto cobraban vida.
Llegó a la esquina y giró hacia la derecha pues un lago fascinante aparecía a lo lejos. El agua cristalina reflejaba un sol magnifico y un pequeño bote de vapor llamó su atención. Al acercarse llevaba ya otra ropa, otro cabello, y otras cosas en las manos.
Las sensaciones percibidas no se apartaban aunque ya no hubiera nadie a su alrededor. El barco llegó al mismo tiempo que ella al muelle que su imaginación creó.
Poderoso y tierno, la esperaba, aquel hombre con la sonrisa radiante. No le importó quién era ni por qué le tendió la mano tan segura, para ayudarla a subir. Volteó para despedirse graciosamente, alguien sentado en una piedra con forma de silla, observándola amorosamente, la pintaba en un lienzo sin caballete.
Una delicada brisa alborotó los rizos de su rubia cabellera dejando escapar un aroma indescriptible que hizo que el pintor espontáneo derramara lágrimas de emoción. Lo miró con nostalgia.
La pequeña embarcación tomó un rumbo desconocido que ofrecía exóticos paisaje; a lo lejos pudo descubrir otra barca que se aproximaba y alguien que hacía señas tratando de comunicarse. Sin alterarse siguió navegando.
El vaivén de barco armonizaba con la respiración de su cuerpo en reposo en el sofá de la sala.
Sin saber por qué abrió repentinamente los ojos; la tenue luz solar se colaba por las cortinas dejándola entrever el azul del cielo. Sintió el peso del libro en su regazo y se movió como un gato estirando sus extremidades para adquirir una postura más cómoda ; el descanso de la siesta fue un placer para su cuerpo y los sueños fueron a su vez, un descanso para su espíritu.
Disfrutó la siesta, la delicia de su soledad y el silencio.

Aquel descanso inesperado le hizo recuperar la esperanza de ser la inspiración de un amor de novela, que le diera en vida la oportunidad de conocer los placeres que solo concebía en sueños. Un final feliz como en El amor en los tiempos del cólera donde la espera es al fin premiada.
Tomó en sus manos el libro, buscando la página en la que había interrumpido la lectura, meneó de un lado a otro la cabeza, y sonriendo, agradeció no ser Fermina Daza.
Siguió leyendo convencida de que los sueños son mejores que las novelas.

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