Relatos

Patricia y el milagro del huracan

puerto vallarta

Por Ana Gonzalez

El viernes 23 de octubre me desperté con la noticia de la amenaza devastadora provocada por el Huracán Patricia a la costa del Pacifico mexicano.
Gran parte de mi familia incluidas mi mamá y la querida tía María, nuestro pariente de mayor edad, residen en Puerto Vallarta.
Pase la mañana tratando de convencer desde lejos para que se fueran de la costa hacia Guadalajara o cualquier otra ciudad lejos del mar. Pero resultaba imposible transportar a la tía debido a su estado de salud.
Las enfermeras que la atienden tenían que irse con su familia y era impensable dejarla. Así que mi mamá decidió quedarse con ella.
Las imágenes de la tormenta y toda la información relacionada con ella me tenían angustiada.
Formada velozmente, con vientos máximos de 350 kilómetros por hora y rachas de hasta 400, Patricia era el huracán mas intenso que se haya observado en el hemisferio occidental. Los pronósticos eran alarmantes. El solo nombre con el que se le refería, tormenta catastrófica, me revolvía el estómago.
La decisión estaba tomada, en las pocas horas de preparación que tuvieron antes de que llegara el mal tiempo mis familiares tomaron todas las precauciones sugeridas. Compraron lo necesario y se resguardaron en los lugares más seguros de sus casas.
Mientras tanto gracias a la maravilla de las comunicaciones actuales, empezó una gran cadena de oración por México, mis compañeras del colegio, mis amigas, las mamás de mis amigas, de todos lados me llegaron llamadas, muestras de preocupación, cariño y sobre todo mucha oración.
Dios es mas grande que cualquier tormenta me dijo alguien y aunque lo creo fielmente mi cabeza me hacía dudar.
Como no podían irse yo quería absurdamente estar en Puerto Vallarta, como si pudiese hacer alguna diferencia, como si mi familia no estuviera haciendo lo mismo que haría yo.
Pase buen rato en la capilla de mi comunidad, un verdadero recinto de paz. Pero la cabeza tiene su propia agenda y se empeñaba en llenarme de pensamientos devastadores.
Pasé por el banco como cada viernes, el cajero era mas cordial que lo de costumbre y me hablaba con una dulzura tal que no correspondía al monótono tramite bancario, no me di cuenta que estaba llorando frente a él, la angustia me desbordaba por los ojos.
Para calmar los nervios mis hermanos y sobrinos hacían bromas acerca de la tormenta. En México tenemos la peculiar cualidad de hacer un chiste de todo. Traté de relajarme y alejarme de las noticias como sabiamente sugirió mi querida amiga Gabi la mujer mas serena que conozco ante las adversidades.
Me metí a la cocina, puse música y me aboque en la preparación de la cena con la diligencia de mi abuela, cortando, rallando, friendo, horneando, calentando, exprimiendo, concentrada en cada paso, cantando. Haciendo todo lo posible por no pensar y de alguna extraña forma sin parar de rezar.
Puse principal en empeño en evitar angustias mientras preparaba la comida para evitar esa fuerza que tan bien describe Laura Esquivel en su novela de Cómo agua para chocolate, en la que es posible contagiar a los comensales con los sentimientos de la cocinera.
Pero mientras más se acercaba la hora del inevitable paso de la tormenta, más rápido latía mi corazón por la desazón que deja el saber que las personas que tanto amamos están a punto de pasar un mal rato.
Me conmovió en esos momentos ver el dulce mensaje que me enviaba un buen amigo sacerdote recordándome el amor de la Virgen de Guadalupe a los mexicanos.
Los ojos del mundo estaban puestos en México. Los que hemos estado en tormentas sabemos lo devastadoras que pueden ser.
Las cadenas de oración, los buenos deseos y el cariño llegaban por todos lados. Y de pronto, unos minutos antes de la hora pronosticada para que el Huracán arrasara a Puerto Vallarta, dio un pequeño giro que la desvió, haciéndole perder fuerza quitándole lo catastrófico, causando daños mínimos comparado con lo que se esperaba.
Mucha lluvia, nada fuera de lo común para los vallartenses. El peligro había pasado, la tía dormía placidamente mientras mi mamá veía que haría con la cantidad de provisiones que la rodeaban, todos sonreíamos y nos abrazamos a distancia agradecidos.
Con el corazón inundado de paz compartí la cena con los amigos.
Hay a quien le cuesta ver los milagros pero hay milagros que no se pueden ocultar.
Dios es mas grande que cualquier tormenta.

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