Relatos

No dejes de ser niño

went off for college

Por Ana Gonzalez

Me abrazas, te devuelvo el gesto con un apapacho, y descanso mi cabeza
que llega justo a la altura de tu pecho.
Cierro los ojos. Me veo en aquel pequeño cuarto silencioso de luz
tenue.
El doctor pasea por mi vientre la manija del aparato de ultra sonido, me
indica el movimiento de un diminuto punto en la pantalla. Es su
corazón, se llenan mis ojos de lágrimas, ¿quieres escucharlo? No
espera respuesta y sube el volumen del aparato. Escucho el acelerado
ritmo de un pequeño corazón que suena más fuerte de lo que esperaba.
Tu papá acaricia mi frente y veo también lagrimas de alegría en su
rostro.
¿Me haces unos molletes? Tu voz me hace regresar al día de hoy,
dieciocho años después de que escuché por primera vez tu alegre
corazón. Me besas la cara y desapareces de la cocina.
No puedo evitar la nostalgia, no sé cómo controlar los sentimientos
que se me van acumulando.
Mientras preparo la comida te recuerdo en tus primeros años, riendo y
haciéndome reír, con tus largas pestañas, y tu pelota rodando
eternamente frente a tus pies. Sabiendo desde siempre cómo disfrutar la
vida, valorar a las personas, dar y recibir cariño.
Te recuerdo en el parque cualquier tarde hablando entre risas con un
hombre mayor al que la mayoría de los niños ignoran. Y de adolescente
jugando con los niños pequeños a quienes la mayoría de los
adolescentes ignoran.
Admiro tu capacidad para disfrutar la compañía de cualquier ser humano
y tu facilidad para hacerte querer. Me tranquilizo sabiendo que estés
donde estés sabrás cultivar buenas amistades. Amo tu sonrisa.
Te toca crecer, emprender el vuelo descubrir el mundo; descubrirte en el
mundo. Escucha, aprende, opina, pero no dejes de ser niño.
Ayudarte a empacar tus cosas me resulta un gran reto, acomodamos libros,
pantalones y camisas, al sacar los zapatos me encuentro con tu pistola
de agua y lloro mientras me río, por todos esos momentos inesperados en
los que sin importar el ánimo del resto de la familia nos disparabas
chisguetes de agua siempre sorprendiéndonos, siempre haciéndonos
reír. Abrazo el juguete que tantas veces quise tirar a la basura,
apenas puedo imaginarme cuánto te voy a extrañar.
¿Me la llevó? me preguntas, provocándome una risa inesperada.

No hace muchos días me sentía agobiada por la vida, por mi eterna
frustración ante la ropa tirada, los zapatos en la sala, los platos
sucios y todas esas labores que de tanto hacer sin ayuda aunadas al
cansancio y al dolor de cuerpo me hicieron explotar como tantas veces en
sermones y gritos.
Mientras todos escuchaban mis amargas quejas, tu te acercaste a mí me
abrazaste mientras con voz suave decías, pobre mami tuviste un mal
día, sabes que eres la mejor mamá del mundo y con ese solo gesto mis
pesares se volcaron en agradecimiento. Cambiando mi humor y actitud al
instante.
-¿Eso era todo lo que había que hacer? Te preguntó sorprendido tu
padre.
Ahora que no dejarás más tus zapatos por nuestra sala, ni la ropa en
el piso de mi baño. Te abrazo y te pido crece, observa, aprende, pero
no dejes de ser niño.
En los momentos mas tristes, en los más difíciles, en los estresantes
sabes mejor que nadie manejar la situación para recordarnos que la vida
se vive con alegría, con optimismo, con amor.
Me viene a la mente el funeral de tu querido abuelo, mientras
solemnemente esparcíamos sus cenizas en el mar, no pudiste hacerle
mejor homenaje cuando nos comentaste que el abuelo se te había metido
al ojo.
Me hacen falta otros dieciocho años para recordar todos los momentos
felices que hemos vivido contigo, todo lo que he aprendido de deportes y
de la pasión al futbol que solo viví cuando te vi jugar en la cancha,
varias veces por semana durante más de dieciséis años. Tus triunfos
fueron míos, tus fracasos fueron míos, tus dolores fueron míos tus
rivales fueron míos. No puedo esperar para volver a verte jugar.
Tus cajones van quedando vacíos, entre tus cosas empaco también mis
abrazos, mis consejos, mis cuentos inventados, las risas de tus
hermanas, los saltos alegres de Cuco, el amor de papá, los cariñitos
en la espalda, la paz de tu sueño, el aroma de nuestra cocina, la
complicidad de familia y el amor infinito de Dios.
Lo que daría por regresar el tiempo, volver a empezar desde ese día en
el que escuché por primera vez el latido de tu corazón entregándote
por siempre y para siempre todo mi amor. Quisiera mantenerte tod el
tiempo cerca, no privarme ni un solo día de tus cariñosos abrazos,
pero al amarte tanto entiendo que tus alas están listas para despegar,
para volar otros cielos, descubrir, aprender, crecer y que debes irte.

Es hora de que sigas tu propio juego, como siempre yo seré tu principal
admiradora.

Cierro maletas y te veo de reojo, guapísimo, más alto que tu padre;
jugando en el pasillo a la pelota, una de las tantas que han rodado por
estos pisos, con las que solías dormir abrazado y sonrio agradecida.
Crece, mi vida. Escucha, aprende, pero sobretodo, no te olvides de ser niño.

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