Relatos

Migajas

Por Ana Gonzalez

Los pies me cuelgan de la silla. A mis cinco años cualquier cosa me queda grande. La miro en silencio, un silencio extraño a esa edad. Está cortando las orillas del pan Bimbo. Los adultos tendrán algún evento y es indispensable contar solo con el migaron para hacer los aperitivos; tal vez no sea siquiera un evento importante, pero para mi a esa edad todo lo es.

Separa las orillas y las va poniendo en la bolsa vacía del pan.

Se que las guarda para hacer un budín de pan, que entonces no sé que será uno de los mejores recuerdos que me quede de ella.

Por esa época odiaba las pasas y me parecía aburrido un postre sin chocolate. Ahora lo añoro, lo pido en cualquier lugar que me lo ofrezcan solo por recordarla, por traerla a mi vida que parece ser otra de esa tan real en la que me pasaba horas observando a mi abuela Alicia, la mujer que mas extraño.

Es mañana, con los pies colgando no pienso en el postre que será su legado sino en los patos. A mis abuelos no les gusta desperdiciar la comida, no desperdiciaban nada. Han conocido las carencias, me atrevería a decir que la pobreza. He aprendido desde niña que las cosas cuestan y que hay que cuidarlas.

Ella me mira de reojo y separa algunas orillas mientras me guiña el ojo y de pronto me siento feliz, un vacío en el estómago me llena de ese sentimiento de excitación que precede a una actividad placentera.La infancia es tan fácil.

Es viernes o sábado , no estoy segura, sé que no es domingo porque todavía no hemos ido a Chapultepec ni a la panadería, ni a la misa.

Todos los fines de semana mis padres me dejan en casa de mis abuelos y para mí no puede haber mejor sentimiento que saber que pasaré largas horas en esa casa tibia, con olor a azúcar, durmiendo con pijamas de angelito, que en realidad son las camisetas blancas que mi abuelo usa bajo sus camisas y que a mis hermanos y primos nos quedan como batas de orfanato pero que mi abuela describe como atuendo angelical.

Es ese olor a cloro, detergente y loción del abuelo que despide la prenda que a mi me acerca al cielo.

Se que esa noche los adultos tendrán reunión, mi abuela esta concentrada en la preparación de un banquete que no corresponde a los niños. A mi me importa muy poco. Comer no se ha convertido todavía en ningún placer. Soy remilgosa y preferiría evitar comer y las largas horas a la mesa.

Ansío, sin embargo, la dona cubierta de chocolate que comprará mi abuelo en la panadería La Lena el domingo por la mañana.

Pero me preocupa más que mi abuela me separe algunas migas de pan para alimentar a las patos en el lago de Chapultepec.

Ocupada en la cocina, me invita a entonar alguna de sus canciones…”Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta el pie. La punta el pie, la rodilla, la pantorrilla y el peroné…” No entiendo nada pero me divierte su sonrisa mientras al ritmo se mese transformando ingredientes en creaciones divertidas.

-Anis, mi pelitos de elote, ¿quieres que te guarde un poco de pan?

-Si Abue, contesto emocionada.

Y sin dejar de sonreír pone en una bolsa plástica algunas migajas de pan. Ahora no puedo dejar de pensar en los patos. Trato de traer a la memoria los que vi la ultima vez y me emociona pensar en nuestro reencuentro.

Las horas pasan lentas, siento que dos noches en casa de mis abuelos son una eternidad.

Finalmente llega el domingo, he soñado largas horas con ese momento. Subimos en el WW de mi abuelo. El maneja junto a mi abuela que luce un vestido amarillo floreado, velo de misa , bolso con libro de oraciones y sagrado rosario dentro.

En la parte de atrás nos apretujamos las tres nietas y la hermana de menor de mi madre que a diferencia de las niñas asiste de mala cara al plan dominical.

La misa es tediosa, eterna, aburrida, pero la solemnidad de mi abuela nos hace creer que es un momento sublime así que me esfuerzo por hablar con Dios, un Dios que desde entonces habita en mi corazón pero de una forma distinta a la que creo se manifiesta a los asistentes a la eucaristía.

La celebración ha terminado, me aseguro de que mi Abue sonría, la misa siempre la hace llorar y eso me angustia. Espero que no haya olvidado los restos del pan designado para los patos. Ella me sonríe dichosa, le alegra mi entusiasmo y sea lo que fuera que la había echo llorar durante la misa, ahora esta feliz, aliviadas las dos subimos al WW y mientras el abuelo nos hace reír nos dirigimos finalmente al lago de Chapultepec.

Nos acercamos a los patos y empezamos a lanzarles migajas. Siento una conexión necesaria entre ellos y yo. Van perdiendo el miedo y empiezan a comer el pan que les arrojo.

Me siento un lazo indispensable entre el animal y su alimento, de cierta forma me siento poderosa pero más que todo satisfecha, feliz, como si hubiese cumplido una misión. Como si lograra cumplir un compromiso con la naturaleza . Los patos se mueven graciosos imagino que tratan de agradecerme sin palabras el haberlos alimentado. Yo les hablo en silencio segura de que me escuchan y algo debe de haber de cierto en ese intercambio porque tanto ellos como yo nos sentimos conectados.

Han consumido todo el pan que llevábamos es hora de marcharse y comprar nuestro propio alimento. Salivo de pensar en la dona de chocolate recién horneada que encontraré en la panadería La Lena, mis abuelos hacen cuentas de los bolillos que habrán de comprar para acompañar el mole de ese domingo que para a mi ya esta completo pero que para ellos a las nueve de mañana, apenas empieza.

Miles de días y eventos han pasado entre aquellas mañanas dominicales y el día en el que yo llevo a mi abuela a alimentar las palomas con bolitas de masa, como lo hubiese hecho en su propia infancia con sus viejos.

Me insiste en que conserve un poco de la masa de maíz que las cocineras de casa de mi madre reservan par hacer las quesadillas de fin de semana en Cuernavaca.

Entro en la cocina y sin decir mucho tomo un trozo de masa y leo pongo en una bolsa plástica. Lleva la mirada esperanzada. Ajusto la silla de ruedas para que no le cuelguen los pies. Sostiene la masa en sus manos, al llegar a la plaza saca pequeños pedazos que convierte en círculos con sus artríticos dedos y los lanza a las palomas del parque, en breves instantes la rodean decenas de aves que con el canto agradecen su conexión y su compromiso. Las dos sonreímos y le canto…Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta el pie, la punta el pie, la rodilla, la pantorrilla y el peroné…

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