MENSAJES

POR ANA GONZALEZ

Era una tarde preciosa de invierno, si se le puede llamar invierno a los calurosos días de cielo perfectamente azul, sin humedad, en el sur de la Florida. El simple hecho de poder salir a caminar sin sudar a cada paso, es un placer.
Me dirigía a la clase de arte de mi hija menor por el área de Brickell, una parte de la ciudad que recorro con extrema frecuencia, siempre en auto.

Llevaba semanas concentrada en la remodelación de mi casa y me sentía hastiada de las tiendas y el consumismo.

Esa tarde decidí dejar a un lado los pendientes. Caminar tranquila el tiempo que durara la clase de arte.

Aunque estaba tentada a caminar junto al mar, no me apetecía el bullicio de la ciudad, característico de esa área, en la que han crecido edificios como plagas, frente a la inigualable vista del canal sur de Miami.

Era el momento ideal para conocer el parque Simpson. En repetidas ocasiones había pasado frente a él. Llevo más de veinte años viviendo en esta Ciudad y nunca me había dado la oportunidad de visitarlo.

Me emocioné de inmediato. Mi hija se despidió y me dirigí al parque que se encontraba a solo dos minutos de camino.

Algunas veces, me gusta creer que el universo se comunica conmigo, de manera personal con mensajes sutiles.
El parque cerraba a la misma hora en la que tenía que recoger a la más pequeña de los tres.

El guardia me saludó amable indicándome que debía registrarme en el libro de visitantes. Me sorprendió descubrir que era la primera visitante del día. Sentí cierta alegría al saber que estaría sola por un par de horas.

No soy aventurera, suelo evitar riesgos. Resolví recorrer el parque primero, rápidamente para asegurarme que conocía el camino que me llevara de regreso y después caminar sin prisa con la certeza de que saldría a tiempo.

Generalmente soy desorientada, cada vez más desde que se inventaron las aplicaciones que nos indican hacia donde debemos dirigirnos; paso a paso, robándonos la oportunidad de ir observando el camino, con la mirada en un mapa virtual que nos impide apreciar lo que tenemos alrededor.

No debía ser difícil orientarse en un pequeño fragmento del parque Hammock. Caminé observando con atención los árboles, las bancas, las piedras y los letreros (francamente confusos) en breves minutos llegué al punto de partida.

El segundo paseo lo haría concentrada en vivir el momento con atención plena, experimentar el famoso mindfulness; escuchando cada sonido, percibiendo los diversos olores, atenta a los diferentes tonos de verde, sintiendo el aire fresco por el rostro.

Me costó evadir los pendientes de mi cabeza. Dejar pasar tantos pensamientos extraños que se presentan cada vez que intento no pensar. Empecé concentrándome en la respiración, como dicen los expertos en el tema. Empecé a disfrutar del paseo interesándome en distinguir los nombres de las plantas.

Encontré un pequeño estanque con peces, que se acercaron a la orilla al percibir mis pasos. Claramente, solo quien los alimenta pasea por ahí. Me gustó saberme reconocida por esos animales que, pensamos que, no piensan.

Escuché el canto de las aves sin poner atención a insectos menos amables como los mosquitos o las gigantescas arañas que tejían complicadas redes unos metros arriba de mi cabeza.

Encontré una banca, llevaba el libro en turno. Siempre tengo un libro a mano. Estuve tentada a sentarme a leer un poco. Un mágico recurso para evitar la presión de la relajación forzada.

Después de entrar en un debate absurdo conmigo misma, decidí no hacerlo. Me senté a observar toda la grandeza de la naturaleza al rededor.

Mi corazón dio un salto cuando concentrada pasó el metro de la ciudad, haciendo ruidos que no esperaba.

El parque es una belleza natural pero se encuentra rodeado de cientos de edificios y un metro elevado que hace un ruido incongruente.

Muchas veces los hombres en el afán de vivir mejor, destruimos lo que nos ayuda a vivir plenamente.

Me había propuesto no mirar el celular, evitar cualquier distracción, pero la edad se ha llevado mi vista y fue imposible adivinar la hora en mi reloj de muñeca. Me percaté que no tenía señal.

El universo seguía murmurando, quedaban diez minutos para que cerraran el parque, de acuerdo con mis cálculos estaría fuera del parque en siete minutos; llegaría a tiempo para recoger a la niña.

Me levanté confiada y emprendí el camino. Desafortunadamente las cosas no cambian con el tiempo y mi sentido de orientación se confundió en seguida, el parque era mas grande de lo que pensaba, las plantas y las piedras eran similares a cada paso, los letreros seguían siendo confusos y las arañas parecían cada vez más cercanas. Cientos de mosquitos zumbaban hambrientos a la caída del sol. Pasaron los minutos y no era capaz de encontrar la salida.

Me preguntaba si el guardia de la entrada estaría pendiente de que la única visitante del parque saliera del él sana y salva.

Respiré hondo tratando de mantener una calma que no tenía. Los nervios se apoderaron de mi rápidamente. La tarde era perfecta para caminar sin transpirar pero mi estado de ánimo apresuraba a que las gotas de sudor nervioso humedecieran mis manos.

Me detuve un momento, pasaban solo unos minutos de la hora en que cerraba el lugar y de recoger a mi hija. Si lograba concentrarme saldría pronto.

Di vueltas por caminos confusos que se me presentaban como laberintos. Por un instante me dieron ganas de llorar y después tuve que reírme de mi misma.

La imaginación es mi mejor amiga y mi peor enemigo. Decidí entretenerme con las notas periodísticas que creaba en mi mente. “Mujer de casi cincuenta años desaparece misteriosamente tratando de encontrarse a si misma”.

Me detuvo la fuerza de la realidad: ¡Estoy a punto de cumplir cincuenta años! Dicen que a uno se le aminoran las preocupaciones absurdas cuando se enfrentan a otras mayores…

¡Cincuenta años son muchísimos! ¿qué se hace ahora? Se vive mas plenamente, se agradece, se asusta, se enfrenta con la realidad de la vejez y la muerte, se vuelve vale-madrista..

Los pasos me llevaban sin rumbo, mi cabeza se inundaba de dudas, el corazón me latía con fuerza. Incoherencia por todos lados. Adiós mindfulness.

Qué carambas hacía yo perdida en un parque, sin que nadie supiera dónde estaba, sin señal en el celular, sin encontrar la salida.

Respiré. Dejé de mirar el camino y las plantas concentrándome en los edificios y en el ruido de los autos.

Descubrí una puerta entre la maleza que obviamente no era por la que había entrado, pero daba a la calle. Pasaban ya veinte minutos de la hora de cierre, hice una pequeña oración para que la puerta no estuviera cerrada con llave. Me dirigí a ella con las piernas llenas de picaduras de mosquito y la breve oscuridad que procede al atardecer.

Abrí la puerta y me encontré en una calle a un par de cuadras del estacionamiento de la entrada principal, corrí hasta el auto. En cuanto tuve señal, avisé que iba tarde a recoger a mi hija lo cual ya era obvio.

La entrada principal del parque estaba cerrada. El guardia ya se había ido. Me senté unos segundos antes de poner el auto en marcha pensando en mi pequeñez en mi insignificancia en este mundo enorme.

Pensé que a los cincuenta años sería ya una mujer madura con más respuestas que preguntas. Imaginé mi vida como ese camino que creo saber recorrer con certeza y que de pronto se convierte en un laberinto desconocido y confuso.

Me dio un ataque de risa, el universo seguía dándome sutiles mensajes.