Relatos

Los huracanes son como los partos

Por Ana Gonzalez

Los huracanes son como los partos. Tal vez esta metáfora suene ahora absurda, pero eso era justo lo que se me vino a la cabeza mientras escuchaba la furia de los vientos de Irma tratando de colarse por las ventanas del hotel donde nos refugiábamos en Orlando.
Habíamos pasado la tarde viendo los destrozos que iba dejando a su paso por Miami, Brickell parecía Venecia. Las islas del caribe estaban bajo el agua, los vientos habían arrasado con la vegetación. Pero lo mas importante era saber que teníamos que hacer aquellos que nos preparábamos para recibirla.
Se fue la electricidad, todo se encontraba en temible oscuridad. Mi esposo y mi hija decidieron dormir y lo hacían a pierna suelta sin inmutarse siquiera de la tormenta que nos pasaba por encima.
Yo me quedo a cuidar el viento, les dije mientras los dos se compadecían de mis miedos absurdos.
Sí, los huracanes son como los partos, no se piensa en ellos hasta el momento en que empiezan a anunciarse los síntomas.
Hay veces que los síntomas son engañosos y uno termina en la sala de emergencia, maletita en mano con cara de boba cuando la enfermera anuncia que el trabajo de parto esta muy lejano aun y nos regresan a casa con sonrisa burlona.
La ciencia y la tecnología van avanzando para prevenir daños que en otros tiempos nos hubieran costado la vida.
Tiempo atrás no se calculaba con tanta exactitud la ruta de los huracanes, tampoco se practicaban cesáreas. En ambos eventos antes se perdían más vidas. Sin embargo en estos tiempos modernos ambos siguen siendo motivo de nerviosismo.
El viento siguió soplando, supe que lo peor aun estaba por llegar, las ráfagas más violentas pasarían entre la una y las tres de la mañana.
Me puse a rezar, sentí miedo. No un miedo a la muerte sino a la devastación, a la tragedia. Tal vez a la consciencia de la fuerza incontrolable, enorme y destructiva de la naturaleza, y nuestra pequeñez. Tan solo unas horas antes México había sido azotado por el terremoto registrado más fuerte de la historia. Nuestra familia que estaba pendiente de nuestro drama tenía que lidiar con el suyo. Es en esos momentos que comprendo que todos los humanos, todos, somos vulnerables. Y me pregunto honestamente porqué unos padecen más tragedias que otros. Porqué unos lo pierden todo y otros no, porqué unos viven y otros no.
Mi optimismo se había desvanecido al ver la devastación que Irma iba dejado a su paso y por las imágenes que seguían llegando a través de las redes sociales.
Tenía la certeza de que el huracán inundaría mi casa, que tendría que empezar de nuevo, en mi fatalismo me vi también sin trabajo. Ese trabajo que tanto amo y que llevo acabo en esa casa, que en mi cabeza, veía bajo el agua.
Sin embargo estaba agradecida porque mi familia estaba en un lugar seguro. Porque mis amigos en Miami estaban bien.

Irma es el huracán más grande que he visto en los veinte años que llevo viviendo en esta esquinita del Sur de la Florida.
Recuerdo a Floyd también gigante, que nos puso a todos con los nervios de punta, cerrando casas metiendo muebles, comprando agua, llenando tanques de gasolina. Entonces tenía solo dos niños pequeños que me alargaban el proceso de preparación además de una inoportuna apendicitis que me mandó al único hospital que recibía emergencias. Las filas en la sala de urgencias eran enormes y los casos insólitos.
Ninguno teníamos cabeza para pensar en lo que pasaba afuera, Floyd se desvió en el ultimo minuto y me cuentan que ni una sola gota cayó esa noche del cielo. Entonces no había redes sociales ni videos por teléfono. Estuve incomunicada durante mi breve hospitalización.
Recuerdo a Wilma, la cual prometía ser una tormenta tranquila, no requería evacuación de la Isla.
Recuerdo también su llegada, sola en casa con mis tres hijos, sin luz, encerrada sin poder asomarme a las ventanas protegidas por tormenteras. Hablando por teléfono con mi esposo que desde Guatemala me iba diciendo que los vientos estaban por pasar y que el techo de la casa no saldría volando.
Mi experiencia esa vez me llevó a una decisión clara e innegociable. Si hay un huracán, me voy de mi casa.
Y ahí estaba yo, en Orlando fuera de mi casa, en la oscuridad, escuchando la furia del viento y los ronquidos de mi esposo. Mi plan de salir del Estado se vio frustrado al ver el éxodo de floridanos que tratábamos como en una mala broma escapar de una tormenta que abarcaba toda la Florida.
Los huracanes son como los partos no se sabe bien a bien cuanto van a durar pero sabes que tienen que terminar.
Y terminó y poco a poco al cielo volvió el azul, y en calma comenzamos a ver los estragos de la tormenta. Volvimos a casa la cual no estaba bajo el agua, los daños más notables fueron a la vegetación. El paisaje era devastador pero nada comparado con tantas personas que lo perdieron todo. Algunos días sin electricidad en preciosa convivencia con los amigos, todos teníamos alguna historia, un abrazo una palabra de aliento.
Y desde entonces no parado de pensar en esa pregunta que me inquieta siempre, porqué unos si y otros no. Mientras encuentro la respuesta me consuelo con la misma conclusión los regalos y bendiciones que te da la vida conllevan la responsabilidad de ser compartidos.

Los huracanes son como los partos, no importa cual eternos se te hagan los minutos, van a pasar y después vendrá una vida nueva.

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