Los Días Extraordinarios

Por Gabriela Mino

Al comienzo no paraba de pensar como iba a hacer para sobrevivir con tres niños varones de 3, 5 y 7 años encerrada en un apartamento indefinidamente. Al sexto día -o mejor dicho al tercero, porque el fin de semana no cuenta- mi casa estaba completamente patas arriba, no había conseguido lavar la ropa, recién descifraba como imprimir la tarea de antes de ayer, tenía legos regados por toda la sala y ya había abierto la primera lata de atún a falta de creatividad en la cocina. No veía la luz al final del túnel. Fue ahí cuando recibí la carta.

Terminé el día agotada, me metí a la cama y cuando me disponía a apagar la luz noté que había un papel sobre mi mesa de noche. Era una carta de mi hijo de siete años que decía: “Hoy fue el mejor día de mi vida! Yey!” Se me hizo un nudo en la garganta, y me sentí mal de que un día tan cotidiano fuera el mejor para él. No lograba recordar nada especial a parte de un besito de chocolate de Hershey’s que les di después de la cena: Por la mañana armamos legos y jugamos juegos de mesa y por la tarde hicimos carreras de dominó. ¿Tal vez sería porque pasaron todo el día en pijamas?

Nunca logré entender qué había hecho al día tan extraordinario, pero estoy tratando de que los días que nos quedan encerrados estén a la altura. Por suerte –buena o mala, todavía no sé- mi trabajo no puede seguir con la situación actual y no tengo nada más que hacer que dedicarme a los niños. Soy muy estricta en los horarios de comida, pero no tanto en el menú. Exijo que no se vea televisión en la mañana, que se laven los dientes después de comer y que se bañen todos los días, pero peinarse es opcional. Considero importante que sepan lo que está pasando y están conscientes de que nos quedamos en casa para protegernos del virus. Se lo han tomado bien, saben que sus amigos están haciendo lo mismo y sienten novelería de aprender en línea.

Sigo en redes a varios blogs de actividades creativas para niños, pero todavía no he logrado empezar ni la primera. Me he conformado con construir casas de sábanas y sacar el baúl de los disfraces. Ayer mi hijo de cinco años me preguntó si sabía hablar por señas. Cuando le di la mala noticia de que no, sugirió que busquemos un video para aprender, así que el resto de la tarde la pasamos adivinando palabras deletreadas con la mano. Hoy el mayor me pidió que le enseñe a escribir en letra manuscrita y pasó más de una hora copiando la planilla que imprimí de internet. El pequeño todavía no decide si es pirata, superhéroe o cachorrito y vaga por la casa de sol a sol con capa, parche de ojo y unas orejas de perro del último show de fin de año de su hermano mayor.

Este encierro me recuerda a cuando nació mi primer hijo y casi no salía de casa. Una de esas monótonas mañanas me visitó una buena amiga quien comentó en voz alta cuánta nostalgia le daba verme así. Me dijo -quizás en forma de consejo subliminal- que eso de casi no salir de casa era una etapa corta y que solo sucedía con el primer hijo, que con más niños la agenda de la vida se interponía y resultaba prácticamente imposible compartir el día a día con tanta intensidad. El comentario se me quedó grabado, y aunque las circunstancias están lejos de ser deseables, dentro de los escasos aspectos positivos de esta crisis, es un verdadero placer tener el privilegio de vivir esta etapa con el segundo y el tercer hijo, además de repetirla con el primero.

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