IDENTIDADES

POR ANA GONZALEZ

Fue un veintiséis de diciembre, de esos helados que suele haber en la Ciudad de México cuando el corazón de Martha, Adela, Lidia o María, se llenó de un calor único al ver la cara respingona de su segunda hija que acababa de nacer.

Había sido un embarazo difícil, como todos los suyos, pero con complicaciones de salud considerables. Así que el parto se llevaría a cabo en uno de los mejores hospitales de la ciudad.

Finalmente pudo abrazar a ese ser enrollado como taco que apenas abría los ojos aun confundida por el cambio abrupto del tibio vientre materno al  invierno del frío hospital.

Curiosa desenrolló las cobijas para cerciorarse de que todo estuviera en orden, la niña lloraba con una capacidad mayor a su tamaño sintiendo el frío como un golpe desconocido, un frio que desde entonces hasta ahora la ataca todas la noches sin importar la temperatura ambiental.

Era perfecta ante los ojos de su madre aunque todos consideraban en silencio que la nariz era demasiado grande. 

Los recién nacidos son, digamos, indefinidos. Las facciones sin delinear por el trabajo de nacer y ese esfuerzo nuevo de respirar.

La niña era sana. Aun no sabían que sería también simpática, y escribiría cincuenta años después esta historia.

La enfermera se la llevó al cunero. Por esos años los bebés permanecían más tiempo lejos de su madre, mientras esta estuviera hospitalizada.

Tal vez querían darle reposo a la madre que a partir de entonces viviría largas y pesadas jornadas. Tal vez para darle a escondidas una formula pesada que dejaría a la criatura con la barriga repleta y en sueño angelical, evitando el fastidioso arte de amamantar que siempre es difícil y deja al infante insatisfecho y a la madre adolorida.

La familia reunida alrededor de la cama adulaba a la recién nacida, llenando a la madre de felicitaciones y cientos de consejos y lecciones de maternidad que nadie quiere oír pero todos quieren dar.

La enfermera entraba y salía un par de veces con el bebé y lo depositaba en los brazos de la madre. 

En el cuarto contiguo una familia judía recibía dichosa a su vástago con las mismas costumbres pero con distintas tradiciones, ambas familias con distintas religiones compartían la alegría de recibir la nueva vida.

En el caso de Martha, Adela,Lidia o María la bebé había llegado justo después de la Navidad, lo que provocaba alegría en los más religiosos y cierta incomodidad en los que se habían tomado la fiesta dicembrina con más licor que devoción.

No esta claro si fue al día siguiente o dos días después, cuando la enfermera apareció con el taco humano para depositarlo en los brazos de su madre. 

Los recién nacidos pueden parecerse mucho entre si, reitero que las facciones van cambiando y no están definidas.

La premier sospecha se despertó en la madre al recibir el bulto humano enrollado en una cobija azul cielo. 

Estaba muy claro entonces que el rosa era para las niñas y el azul para los niños. Miraron la carita narizona que nadie cuestionó, pero a la hora de descubrir al infante (costumbre que tenia, para verificar  que todo estuviera en orden, cada vez que llegaba el recién nacido al cuarto) se escucho el eco del grito. La madre judía intentaba amamantar a una niña ajena y la madre católica justificaba a mil voces la razón que tenía de desvestir al bebé en ese clima helado.

Sin importar religiones, los mexicanos somos dramáticos, exagerados y tercos. Una cacofonía de reclamos y gritos hacían saber a las enfermeras de tan catastrófico error.

Las familias que antes se saludaban cordiales ahora se veían con desconfianza y recelo.

Ese ha sido el inicio de destinos cruzados algunas veces en completa ignorancia, que en las mejores novelas se descubren en inesperados desenlaces.

Asi, ahí, en el excelente Hospital Inglés de la Ciudad de México, empezó el chiste familiar que, al igual que el frío, marco la vida de la bebé narizona.

Primos, tíos y hermanos. Incluso los que nacieron después. Gozaban diciendo que la madre judía dio a luz a una niña, desilusionada ella y la familia por querer un primogénito barón cambiaron desde el principio a las crías y que cuando pensaron que las enfermeras se habían dado cuenta del error la madre católica ya se había enamorado de la niña y la reclamó como propia.

No se porque los niños de esa época pensaban que ser recogido de la calle o adoptado era lo peor que te podía pasar en la vida. Creían que ser hijo de sangre era más digno. Así que el chiste cruel de la niña judía causaba el efecto esperado de llanto y desilusión.

Con el paso del tiempo la historia dejó de hacer estragos. Cientos de historias y dramas en la familia la fueron minimizando. La niña ya no tenía que refugiarse en su madre para escucharla decir que era hija de su vientre, sangre de su sangre y tan suya como el resto de sus hijos.

Las actas de nacimiento de la época en que nació la niña, eran inscritas en el ministerio público donde había que presentar al bebé junto con sus padres y dos testigos. Eran escritas a mano, con letra cursiva, en muchos casos poco legible.

Muchos, muchos, muchos años después. Cuando la niña se había vuelto mujer y madre, y mudado del país tuvo que hacer un trámite en el consulado mexicano, llevó consigo el papel verde casi borroso, y tan arrugado como el limite de sus ojos.

Los tiempos modernos habían logrado hacer tanto más eficientes  los tramites de registro civil y con solo dar el numero de folio, desde casi cualquier computadora se podía acceder a las actas. 

El empleado del consulado introdujo los números correspondientes y saltó en la pantalla la información pertinente. 

Le pidió a la mujer que verificara los datos, al leer ella respondió que todo esta bien excepto el nombre de la madre, que ella tenía entendido desde siempre que era Martha Alicia y no Martha Lidia. 

Se hicieron las averiguaciones pertinentes y se encontró el error. La mecanógrafa había confundido la letra del acta original ya archivada. 

Asi que se hizo el cambio. 

El acta archivada leía Martha Adela. Asi se capturó por segunda vez el documento.

Casi molesta confrontó al empleado con el pergamino en mano solo para darse cuenta que en efecto su acta leía Martha A de la Garza y que al abreviar el segundo nombre y escribir las letras juntas daba ese resultado.

Muchas llamadas y un tanto de tramites después lograron acomodar las letras para que la madre se llamara como la mujer insistía que se llamaba.

Los chistes de la maternidad dudosa volvieron a tener apogeo, sin lograr hacer que la victima derramara una sola lágrima.

Hace apenas unos días Martha, Lidia , Adela o María buscaba fotos en las cajas de los recuerdos y casualmente se topó con un documento eclesiástico que reconocía a la niña como católica confirmada, emocionada con el encuentro tomó foto del documento con su celular y se lo envió a su hija.

Al recibirlo, se emocionó pero la emoción le duró poco al  comprobar que el nombre de su madre aparecía como María.

Y así durante toda su vida ha sido hija de una madre incógnita en los registros civiles y en los religiosos. 

De sangre judía o no el inicio de su vida quedó marcado para escribir una novela absurda que aun no logra llevar del teclado.