Relatos

Contagiar esos actos simples y extra-ordinarios

Por Ana Gonzalez

El sábado fui a hacerme las uñas. Después de un divertido verano las tenía hechas una miseria. Me gusta ir a un sitio en Coral Way donde atienden más de veinte manicuristas la mayoría cubanas. Son simpatiquísimas, cada vez que voy me río mucho de sus ocurrencias.
El manicure es una de las pocas actividades que a las mujeres de hoy nos impide utilizar el celular. Así que se convive como en los viejos tiempos, hablando con personas.
El sábado me tocó por primera vez en años una manicurista callada. Lo que me dio oportunidad de observar el entorno.
Una clienta llegó con galletitas para todas las empleadas y las repartió entre sonrisas y besos. Algunas ya la conocían pero la mayoría no la habían visto hasta entonces.
Todas aceptaron agradecidas el detalle.
Mi tímida manicurista se mantenía en silencio, enfocada en su trabajo. Pero la del lado conversaba compasiva con su clienta quien estaba pasando por la terrible etapa en la que los padres empiezan a perder cordura. La mujer a mi derecha aguantaba lágrimas mientras relataba el espanto de ver a su madre a media noche con bolsa en mano a punto de salir a la calle para hacer un pago, iba en pijama y con la mirada perdida. Cuando se enfrentó con la confusión de su hija volvió al presente y se angustió de comprobar que estaba a punto de hacer una locura.
La clienta que se encontraba en la mesa del otro lado se metió sin dudarlo en la conversación, dándole consuelo y ofreciendo consejos pues no solo era doctora en geriatría, también tenía una madre anciana en circunstancias similares.
Mientras hablaban, otra empleada que llegaba de almorzar repartía diminutos vasos de café entre todas las mujeres y los tres hombres que nos encontrábamos en ese momento en el local.
Cuando estaba pagando escuché a dos empleadas que se organizaban para cambiarse el día de descanso pues una de ellas tenía una cita médica.
Con las uñas presentables me dirigí al restaurante donde iba a comer con una querida amiga, vi en mi teléfono un texto explicándome que el hijo de la secretaria de su esposo había tenido un imprevisto y que ella iría a sustituirla. No podría almorzar conmigo.
Decidí regresar a casa, tenía que cambiar dos carriles para poder hacer la vuelta en U. Tanto el conductor del carril contiguo como el del siguiente me cedieron cortésmente el paso.
Aproveché para hacer una compra fuera de la isla antes de volver. En la fila había una persona que contaba el dinero para pagar y se percató de que no tenía suficiente.
La persona que se encontraba esperando su turno atrás de ella y delante de mi se ofreció gentil a pagar lo que le hacía falta. La mujer agradeció genuinamente el gesto y se fue.
La cajera siguió su trabajo sonriendo, cuando llegó mi turno me comentó que con frecuencia las personas desconocidas se ayudaban entre si.
Recordé mi viaje a DC, en el que la amabilidad de buenos samaritanos me evitó dar cientos de vueltas inútiles pues soy tan despistada que no hay GPS que me oriente. En repetidas ocasiones me paré evidentemente perdida viendo el teléfono y los nombres de las calles, cada vez alguien se detenía para preguntarme si podían ayudarme explicándome pacientemente que tenia que hacer para llegar a mi destino.
Recordé al mesero que salió corriendo tras de mi en el restaurante donde había dejado mi celular; el chofer de Uber que bajó nuestras maletas y las acercó hasta la puerta de la casa; al joven que detuvo la puerta del museo mientras mi hija pequeña y yo corríamos hacia ella bajo la lluvia.
En el metro dos jóvenes se pusieron de pie para que una pareja de ancianos tomaran asiento.
Cientos de detalles que se hacen sin pensar, casi por instinto, sin pena ni gloria, sin esperar algo a cambio ni siquiera reconocimiento. Detalles que se vuelven un estilo de vida.
Gestos de amabilidad que definen a los seres humanos.
Los minutos que pasé haciéndome las uñas me impulsaron a esta pequeña reflexión que sale a colación después de haber tenido tal vez mucho tiempo ocioso para leer artículos que promueven como excepcional que una persona haga el bien.
Que un hombre regresó algo que no era suyo, que un niño se sentó a comer con otro que estaba solo, que alguien tendió la mano a una persona que se había caído. Me molesta un poco las conclusiones fatalistas : “Hace falta mas gente así, El mundo necesita mas personas como ella” Desde mi punto de vista, solo hace falta estar mas atentos.
Siento que los actos de bondad humana existen todos los días a cada momento, es posible que solo tengamos que observar. La belleza y la bondad se presentan siempre, aun y especialmente en la adversidad.
Cuando dejo el celular, cuando soy testigo de los eventos de mi realidad y de mi propia historia y no creo una realidad a través de las experiencias de otros, me doy cuenta que nuestra esencia es bondadosa, es cierto que no todos me cederán el paso, pero son más los que si.
Siento que en este inicio de clases sería bueno que señalemos a nuestros hijos la constante bondad humana que nos rodea en vez de contaminarles el alma con los terribles actos de unos cuantos.

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