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chocobox

Por Ana Gonzalez

A mi abuelita le regalaban unos chocolates finos que disfrutaban mucho ella y sobretodo mi abuelo, a mí me parecía casi absurdo que se contaminara la delicia del cacao con rellenos innecesarios.
Mas que el contenido mi fascinación era por la caja que los contenía, la cual sabía sería reciclada convirtiéndose en articulo de uso domestico ya fuera para hilos y agujas, recibos o joyas de fantasía.
Cuando mi abuela descubrió mi infantil y soñadora mirada posada en dicha caja me prometió que cuando se terminaran los chocolates, podría llevarla a mi casa.
Con aquella deliciosa anticipación a la espera de un regalo precioso pase los días, sabía que para mi siguiente visita mi abuelo habría comido todos los chocolates. El siguiente fin de semana fui la feliz poseedora de un cofre para tesoros.
Siempre tuve esa fascinación con las cajas bonitas, en ellas guardaba mi preciado papel de escribir y los sellos que intercambiábamos en el colegio con la precisión del mercado de la bolsa. No se bien quien le daba el valor correspondiente pero si sabíamos que el papel de “My Melody” valía el doble que el de “Hello Kitty” y que el de “Betsy Clark” se intercambiaba por tres de “Amor es…”
La variedad de papel y sobres que contenían mis cajas era mi mas preciada colección.
Rara vez usábamos el papel, para escribir, su valor estaba en conservarlo intacto.
Creo que la moda de dicho intercambio empezó en tercer grado de primaria. Y seguía de moda aun después del sexto.
Apenas habían transcurrido unos días en mi primer año de la escuela secundaria, cuando mi vida tomó un rumbo inesperado, mis padres decidieron mudarnos de ciudad. Mis amigas del colegio y los fines de semana en casa de mis abuelos eran mi mundo, por lo que la noticia me llenó de incertidumbre, tristeza y enojo.
Fue entonces que el preciado papel de escribir se utilizó para lo que fue creado y mis amigas me llenaron de innumerables cartas de despedida llenas de frases amorosas.

En aquellos tiempos mantener la comunicación con ellas sin ir al colegio era algo casi imposible. Las llamadas de larga distancia impensables, el correo complicado por la incapacidad infantil para ir a la oficina postal sin la ayuda de algún adulto. Nunca las volví ver.
Hoy mas de tres décadas después de aquella mudanza que presidió a muchas más aun conservo la caja de chocolates que me regaló mi abuela y dentro todas las cartas de mis amigas que se fueron de mi vida y de la vida muy temprano.
Un tesoro que solo visito cuando necesito desahogar en llanto.
En muchas cajas igual de bellas pero no tan especiales guardo las cartas de amor, los boletos de cine y conciertos que marcaron momentos que quería conservar por siempre.
No suelo acumular cosas ni ropa, hago limpieza general por lo menos tres veces por año y desaparezco todo lo que considero innecesario.
Sin embargo tengo cajas llenas de cartas, cientos de fotos y cuadernos donde fluyen mis pensamientos para escapar de la locura que producen las emociones.
Mis letras son más honestas que mis fotos, en ellas se refleja el corazón sin pose, sin intención de ser compartidas. Algunas veces al releerlas es posible llenar el alma de dulzura y esperanza, otras me recuerdan dolores vencidos y otras la constante lucha por encontrar un sentido al existir que jamás se termina de descifrar.
La tecnología ha, prácticamente, jubilado al papel. Desde hace muchos años mis cajas de cartas y recuerdos dejaron de crecer. Ahora tengo miles de fotos guardadas en el celular y otros tantos gigas archivados con mensajes de la gente que quiero.
Las guardo con el mismo celo, con el mismo aprecio.
Hace apenas unos días mi teléfono se saturó de información. Nunca he entendido bien como funciona el almacenamiento de información y al querer incrementar la memoria del celular, esperando que a Apple se le ocurra muy pronto una aplicación para ampliar también mi propia memoria, cometí un error sumamente doloroso que me llevó a perder cientos de mensajes, fotos, correos y pensamientos plasmados en notas virtuales.
Sentí un dolor físico al darme cuenta de mi pérdida. Es imposible recordar todas aquellas frases que me hicieron sentir querida, especial o que me llevaron a la reflección.
Me duelen sobre todo los mensajes espontáneos de mis hijos llenos de dulces palabras y los datos que me llevan a recordar los momentos vividos.
Todo aquello existe en un espacio irreal e inaccesible.

Los recuerdos pueden ser bálsamo en días tristes o tristezas en días de alegría, pero no son ya mi realidad. Pasarse mucho tiempo en ellos puede robarle a los días nuevos el encanto que nos tienen preparado. Resulta ya difícil en esta época vivir el día plenamente cuando hay tanta información actual que procesar, tantas fotos que ver, tantas personas lejanas que se hacen presentes con mensajes, tantos grupos de chats, tanto ruido virtual. Aumentar a ello la posibilidad de revisar lo pasado es abrumador. Por ello decidí que aquel infortunio no era del todo una pérdida. Gane la conciencia del aquí y el ahora. O por lo menos ese fue mi mecanismo de defensa para no llorar semanas.

La pérdida de archivos sucedió días antes del catorce de Febrero y casualmente recibí de una persona a quien conocí recientemente por mi trabajo una preciosa caja de chocolates finos. Me costó contener la fuga ocular. Pues el regalo significaba para mi mucho más que un dulce detalle, era un sutil mensaje de la vida que me recordaba que siempre habrá cajas para llenar con nuevos recuerdos.
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1 Comment

  1. Martha de la Garza Heroles dice:

    Como siempre estas cartas me llenan de emoción y recuerdos. Hoy de nuevo llore . Me siento feliz de leerlas cada vez . No dejes de hacerlo. Gracias por siempre .

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