Relatos

19 de Septiembre: Dolor en Mexico

Por Ana Gonzalez

Hay días en los que dirigimos una oración especial al cielo, días que nos recuerdan un dolor guardado, una herida que vamos tratando de sanar u olvidar con el paso del tiempo, pero que no logra desaparecer.
Los diecinueve de septiembre, desde 1985 han sido días en los que elevo mi plegaria por las amigas que se fueron muy temprano y trágicamente.
No me gusta escribir de ese pasado que tanta tristeza me causa. Me cuesta mucho hablar del tema, mis ojos se inundan en llanto, el corazón se me encoje.
Sin embargo este diecinueve de septiembre, después de pasar el susto del huracán Irma y con la ansiosa anticipación de la llegada del huracán María a Puerto Rico, mientras almorzaba con las amigas que adoro y que hoy forman parte de mi vida, como en su momento lo fueron las que ya no están, me atreví a recordar en voz alta aquel trágico terremoto de hace 32 años que cambió la vida de tantos mexicanos.
Como en una mala broma de la vida a los pocos minutos mi celular empezó a recibir numerosos mensajes de mi familia y amigos en México.
Un temblor, como nunca se había sentido, sacudía a la ciudad. Horas después del famoso simulacro de evacuación en caso de movimiento telúrico que cada año se realiza precisamente el 19 de septiembre.
Quise que fuera mentira, en minutos empezaron a difundirse por la redes sociales, por Whatsapp, por televisión escenas aterradores de edificios desplomándose. Explosiones, derrumbes, catástrofe y muerte.
Desafortunadamente los mexicanos sabemos muy bien lo que sigue ante este tipo de desgracia.
Por eso salió todo mundo a la calle, por eso nos acordamos que antes que nada somos humanos y que no hay nada más importante que la vida misma.

En instantes se derrumbaron las diferencias absurdas que la sociedad se ha encargado de marcar entre unos y otros. Importó muy poco la ideología, la política, la diferencia de credo, de posición económica, de educación o profesión. Se nos olvidó la moda, la popularidad, el fanatismo. En unos segundos entendimos lo que somos por esencia, reaccionamos y actuamos con la única voluntad de ayudarnos unos a otros.
Algunos sufrieron incomprensiblemente más que otros, me duele en el alma pensar en los padres que dejaron esa mañana a sus hijos en el colegio y no volvieron a verlos con vida, los esposos, los hermanos, los amigos desaparecidos, heridos, atrapados en escombros.
Los miembros de mi familia y amigos iban reportándose a salvo. Benditos sean los celulares, las comunicaciones instantáneas que nos permiten en segundos comunicarnos con los que están lejos. Y al mismo tiempo, que crueles son al enseñarnos la desgracia en una pantalla que no deja nada a la imaginación, que terrible cuando la realidad la supera.
Llegué a mi casa en automático con el dolor de cada año y con uno nuevo, tratando desde lejos de involucrarme con mi país, con mi México, con aquello que siempre ha distinguido al mexicano: el altruismo, la generosidad, la fuerza y la voluntad. Las palabras se quedan cortas para poder describir ese sentimiento de unidad.
Que terrible la nostalgia del abrazo, que dura la distancia.
Me senté en el sofá incrédula sin poder rezar, confundida, aletargada. Pasé días sin pensar con claridad, pegada a las noticias, al teléfono, leyendo cada nota, cada solicitud, viviendo virtualmente ese dolor amargo.
No me sorprendió la oleada de personas organizándose para ayudar, no podía dormir, al igual que miles de mexicanos en el extranjero acompañaba en oración a los rescatistas, a las familias damnificadas, a los heridos y principalmente a los que bajo escombros esperaban rescate.
Millones de personas se levantan día a día con voluntad y alegría a vivir y disfrutar la vida, ha hacer el bien, a luchar por sus ideales, a vivir sus sueños, a buscar un mejor futuro para sus hijos, a amar y a ser amados. Millones de personas llevan vidas dignas basadas en altos valores morales y familiares. Esas mismas responden sin dudarlo para ayudar en lo que sea necesario.
Siempre he sabido que los buenos somos más, en estos días quedó demostrado.
Hay otras tantas que no, que buscan oportunidades para apoderarse de lo que no les corresponde, de lo que no han trabajado, a negocios sucios, corrupción, vandalismo y decadencia. Pero de ellos se ha hablado mucho, muy frecuentemente y no vale la pena hacerlo más.

Después de esta tragedia que saca a la luz, a quien no lo había visto, de lo que está hecho el mexicano nos vamos dando cuenta que la verdadera generosidad, la bondad pura nunca busca grandes escenarios ni la falsedad de la fama efímera y falsa.
La bondad se da naturalmente todos los días en casi todos los seres humanos pero es más evidente en la adversidad.

A algunos les asombrará ver los videos que demuestran en vivo y a todo color la solidaridad y el altruismo, pero la mayoría de las personas estarán más pendientes de actuar, de ayudar, de ver la forma en la que pueden dar una mano al hermano que sufre.
No entiendo el porqué de tanta desgracia, tristeza y miedo. Vuelvo y me pregunto, porqué unos si y otros no. Es cierto que dentro de tanto dolor es alentador ver la unión de los seres humanos, es triste pensar que muchos despiertan solo ante este tipo de eventos.
Muchas tragedias, muy seguido, dolor desolación y muerte. Situaciones que sin duda nos llevan a pensar en la propia mortalidad, en la fragilidad y que nos invitan a agradecer cada día, a vivir en base a lo importante, a ver más allá del propio bienestar.
El corazón de los hombres es hermoso, nos impulsa a hacer cosas que no creemos que somos capaces y nos une en la adversidad. He tratado a lo largo de estos días de darme consuelo con esta verdad.

Aprendimos mucho desde 1985 hasta ahora, la educación en referencia a los sismos, los códigos de construcción , los simulacros, todo ello jugó a favor de muchos en esta ocasión, la perdida de vidas fue significantemente menor. No por ello menos dolorosa.
Hemos también educado bien a nuestros hijos, a tantos jóvenes que habíamos criticado de egoístas e irreverentes. En esta ocasión nos demostraron que son una generación fuerte y de gran corazón. Valientes, organizados, altruistas; sin muchos de los prejuicios con los que crecimos sus padres, con juicio propio para respetar a quien merece respeto y denunciar a quien no lo merece.
Hombres y mujeres dispuestos a luchar por lo que de verdad vale de México, su gente. Después de todo a México lo sostienen los mexicanos.

Queda mucho por hacer, por reconstruir, por sanar. Se bien que hay dolores que nunca desaparecen del todo. Hay situaciones que intensifican sufrimientos pasados, sin embargo pueden ser llevaderos mientras contemos con el amor del prójimo y elevemos oraciones al cielo.

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1 Comment

  1. Maria Candelaria dice:

    Como siempre, Ana, hermoso lo que escribes, edificador y trasparente!

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